La densidad de Rulfo

 

Juan Rulfo es uno de los escritores latinoamericanos por los que guardo uno de los mejores recuerdos. Estuvo presente en los primeros días en que asistí en la universidad. En aquel pavoroso verano de 1992, en los que el sol pesaba ominosamente como en los relatos caniculares de “El llano en llamas”.

Debo confesar que el exceso de indigenismo, del bueno y del malo, del brillante y del epigonal, del genuino y del panfletario, al que estuve bombardeado y expuesto en mi adolescencia me malquistaron con todo tipo de relatos con ambientación campesina, con aquellos relatos que exponían la grandeza y al miseria de la amplia y diversa tierra americana, la angustia y la energía del continente que habitamos los latinoamericanos. Rulfo me salvo. Me libro de un prejuicio que hubiera sido fatal para mi futura formación, ya no de escritor, sino de lector apasionado.

En Rulfo encontré un mundo horroroso, angustiado y armonioso. Encontré relatos con la exigencia formal de los grandes narradores, mundos construidos impecablemente hasta el detalle. Mundos que aunque ajenos a mi experiencia personal me eran totalmente creíbles y apasionantes, para ponerlo en términos semejantes a los que usa Mario Vargas Llosa en su libro “La verdad de las mentiras”. Es decir encontré un texto de ambiente campesino y rural pero escrito con al energía y el rigor de un escritor apasionado al máximo con el mundo que crea pero riguroso.

Yo, que había inaugurado mi adolescencia con las angustias metafísicas de Sábato y Borges, a los que aun sigo adorando, descubrí que la verdad también podía habitar en las regiones más intimas de la tierra, descubrí que no importa de lo que escribas, que lo que importa es que cuando escribas, escribas bien. Y nada más.

Leer a Juan Rulfo es sumergirse en un mundo denso, intenso, inmóvil y violento al mismo tiempo. Es conocer un mundo desesperanzado, donde no hay ligar casi a la desesperación porque la miseria forma parte de la cotidianeidad. Aun recuerdo una cita de un comentarista, del que he olvidado su nombre, que decía que cuando nos sumergimos al mítico pueblo de Comala no podemos dejar de sentirnos todos hijos de Pedro Páramo. Ese remoto pueblo mexicano que ha llegado a ser una metáfora del alma latinoamericana. Por eso es que asistimos con asombro y fascinación al desfile de animas en pena que pueblan las noches y los días de esa atormentada región del ser que es Comala.



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Alex Celi
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