Desayunando con Truman Capote
En la primavera de 1995, ya yo llevaba investigando durante más de tres años sobre la literatura del siglo XX, en particular sobre la literatura norteamericana. Había recorrido los caminos de maestro como Faulkner y Hemingway (al que no me explico porque Vargas Llosa no valora tanto, seguramente se debe a una de las muchas supersticiones literarias de este escritor), entre otros. Casi por un azar cayo en mi poder una breve novela de curioso nombre, la traducción española decía en la portada: Desayuno en Tiffanys
Recuerdo que lo que primero que me llamo la atención en ese libro fue la imagen que aparecía en su portada. Ahí se podía ver a una pareja; un galán con aspecto convencional, del que no se veía el rostro; y a su lado, una mujer bellísima, de una belleza como la que no había visto yo hasta ese entonces. Aquella mujer era la figura predominante en aquella foto de portada, tenía un raro pero elegante sombrero y un largo y estilizado cuello, sus labios se unían a los del galán en un beso que me pareció sublime
Algunas semanas más tarde averigüe que aquella mujer de ensueños era una actriz fallecida hacía algunos años y que su nombre era Audrey Hepburn. Investigue un poco más en el asunto y descubrí que una tonadilla que me había fascinado desde pequeño era el tema principal de la película de Hollywood que se había basado en la novela de ese tal Truman Capote. Aquella era una cancioncita llamada Moon River.
Fiel a mi propia superstición literaria, decidí que no buscaría la película hasta antes no haber culminado con el libro. Entre las clases de la universidad y un pequeño trabajo que tenía por ese entonces, tarde como dos semanas en leerlo. Fue la revelación de la belleza de lo pequeño, de cómo un escritor puede hacer misteriosas y atractivas las historias de unas gentes corrientes, de cómo se puede hacer trascender una anécdota narrativa y grabarla permanentemente en la mente de los lectores. Ese tipo de magia que puede convertir lo vulgar y lo cotidiano en poesía.
Holly Golightly es un personaje delicioso e inolvidable. Absolutamente ligera, divinamente frívola, imborrable. Del tipo de frivolidad que después tratarían de imitar tanto en Hollywood, sin éxito redondo en casi ningún caso, y cuyo ultimo epígono son las cuatro chicas cosmo de sex and the city. Sin deseo de aguarle la lectura de este libro a quienes aun no lo han revisado, les confesare que la escena de la perdida del gato, casi al final del libro es una de mis favoritas. La verdad la belleza de esta escena se pierde un poco al verterla a la película. Les recomiendo, a los que aun no han tomado contacto con Capote que lean este libro y se enamoren de Holly. Creo sinceramente que muchos de ustedes no al olvidarán nunca.
Puede ser que algunos de los que lean estas líneas no compartan mi juicio sobre esta obra. Puede que incluso hallan elegido otra libro más representativo en el acervo capotiano, ¿quizás A sangre fría? Pero, como ya lo decía al empezar con este cibercafé literario, aquí también de lo que se trata es de generar controversia, despertar el deseo de conversar y compartir entre todos nosotros. La mesa está servida, amigos. Los invito a desayunar con una señorita llamada Holly y un señor llamado Capote.
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