Asistiendo al fin del mundo con Vargas Llosa


 
Hacia finales del año 1989 yo tenía quince años y estaba en el cuarto año de media de un colegio del Perú. Era un escolar entusiasmado por al lectura y me había leído todo lo que caía en mis manos. Lamentablemente tenía una importante restricción de estudiar en una escuela pública en los peores años de la historia reciente de mi país, no es necesario que abunde demasiado en que facilitar el acceso de los escolares a la literatura no era de las prioridades del estado en ese entonces.

Por ese entonces yo ya me había enterado por los periódicos y la radio de la existencia de unos señores llamados García Márquez  y Borges, también sabía que eran escritores y los medios se desvivían en elogios por sus meritos literarios. Estéril fue mi intento de conseguir libros de estos señores en la magra biblioteca de mi colegio y el catalogo de la pequeña, pero más importante, biblioteca que sobrevivía en mi casa terminaba a principios de los años setenta del siglo pasado, que fue la época en la que el sueldo de obrero de mi padre llego a ser insuficiente para comprar libros nuevos.

Por aquellos años, los ochenta, un rumor en sordina en el ambiente me susurraba otro nombre mágico. Vargas Llosa. Seguramente lo escuche en la radio. Pregunte a mi padre y el me dijo que era un escritor famoso y que era peruano como nosotros. Recuerdo, tenia nueve años. Ahí empezó mi búsqueda. Una búsqueda sembrada de múltiples decepciones y atrasos, como el que viví cuando unos hermanos de mi padre prometieron regalarme “La Casa Verde”, para retractarse un par de semanas después porque habían descubierto que la edición de Seix Barralt de esa época era absurdamente cara (honestamente esta es una de las razones por las que no puedo condenar a la piratería si es que esta contribuye a acercar la buena literatura a los más pobre, pero esa es ya es otra historia). Finalmente mi búsqueda, que duro seis años, llego a su fin gracias a la providencial intervención de un entrañable amigo de adolescencia. Así fue como “La Guerra del fin del mundo” llego a mis manos.

Este es un libro que me recibió con una frase enigmática que te engancha desde el principio. Hablaba de un ser, aun más enigmático, Antonio Conselheiro, del que decía, palabras más palabras menos, que era tan flaco que parecía estar siempre de perfil. Y el titulo era una bomba para una mente juvenil. ¡Ese libro prometía describir el fin del mundo! Un montón de cosas se me cruzaron por la cabeza, ¿sería una novela de ciencia ficción al estilo de la Guerra de las Galaxias?, ¿o talvez sería una novela de corte apocalíptico como La Profecía? Suficientes interrogantes para lanzarlo a uno a meterse de narices en aquel libro.

No encontré ninguna de las cosas que había producido mi imaginación alimentada por las películas que veía los domingos en la noche. En cambio descubrí un mundo raro, apasionante y totalizador. Nordeste del Brasil, finales del siglo XIX, un mundo tan alejado al que pintaban las novelas brasileñas de mi infancia, un mundo cargado de rezagos míticos, de fuerzas convergentes en pugna, desde las iluministas, ( el comunista escocés Galileo Gall) a las de la tierra misma (Jurema), pasando a incluso a tener reminiscencia de cosmogonía y mito. Todo un gran paquete narrado con una profunda atención a los detalles y con una absoluta compresión de un mundo que, literalmente y esto no es un cliché, sino relean el último párrafo de la novela, excede los marcos mismo de la ficción narrativa.

Este libro es muchas cosas a la vez y seria realmente ingenuo pretender decir algo realmente sustancioso sobre él en un artículo como el presente que debe ser breve por rigor. Pero me arriesgo intencionalmente en decir que “La guerra…” es una epopeya, pero es una extraña epopeya. Si quieren verlo de algún modo podría decirse que es nuestra epopeya latinoamericana y tercermundista, alguna vez le oí decir a un amigo de la universidad que incluso era postmoderna (!), eran los días en los que nos decían populistamente que estábamos asistiendo al fin de la historia.

Baste entonces completar mis memorias con las de la amplia galería de personajes que desfilan por “La guerra…”. Tenemos de todo. El fanático religioso milenarista, dispuesto a librar una guerra que traiga el fin del mundo, sin tener una idea precisa de lo que esta haciendo; el aristócrata casado con una mujer tan evanescente que parece sin sustancia, y que luce atrapado en ese mundo de los serones que no alcanza nunca a entender; el ya mencionado anarquista europeo, perdido en un pías que tampoco comprende; los militares obtusos y ciegos ante el levantamiento de los miserables. En fin, no sigo para no arruinarles la lectura de este libro monumental a quienes aun no lo han explorado.

Asistamos, pues, a la Guerra del fin del mundo. Volvámonos prosélitos del Conselheiro y participemos en la epopeya trágica de Canudos.


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Escrito por: S_Bustamante       01/07/08 23:23
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Sancebu, amigo.
Has logrado el milagro de acercarme a Vargas LLosa de quien, por mi aguda alergia a todo aquello que tenga olor, sabor o color a servilismo ideologico con los poderosos, no ha sido un escritor que me inquiete el interes en conocer mas alla de lo que una vez lei de el:
"La ciudad y los perros", libro que compre de segunda mano y que tengo en mi biblioteca. La impresion que me dejo al leerlo fue mediocre, que no correspondia a tanta alaraca editorial sobre el como escritor comparado con Cortazar, Benedetti, Marquez, Rulfo, y muchos otros autores del realismo magico.
Te cuento que voy a hacer el esfuerzo de comprarlo. Si el dichoso libro no llena las espectativas que tu me has estimulado, te enviare la boleta de compra para que me lo reembolses, ?de acuerdo?
Un abrazo.
Páginas: 1

sancebau

Alex Celi
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