La Autorida tiene en sus manos el control de las activas y perennes infracciones que cometemos los seres humanos. Obvio es su función diría el lector. No obstante, es el parte que juzga, el recaudador que percibe inmediatamente sin anestesia y el que da el vuelto in situ.
El infractor, se acostumbró a salvarse de la situación muy vivamente por no querer perder en tiempo con papeles y burocracia. Y de esta manera recibe el castigo, porque para salvarse de una situación, la emprendió brutalmente a pagar las faltas cometidas y meterse la mano en el bolsillo para así, de manera muy vivaz, salvarse de cierta situación riesgosa que ponía en peligro su haber. Sin darse cuenta que de esta forma, su futuro haber se daña, al haber enseñado al funcionario a delinquir.
Cuando se encuentran en la vías, alcabalas propias, con personajes draconianos que hacen de las suyas pidiendo papeles y que abusan del uniforme y amen de los ciudadanos, se consigue uno con la ejemplar hábil y admirable manera de meter mano a los bolsillos de los subscriptores.
Ah! y las tarifas, ya las infracciones vienen con su precio establecido, cada cual con su cantidad prefijada como en un supermercado.
Ejemplo: por los cauchos desinflados, una cantidad, por la pintura corrida o sucia, otra, por el derecho de andar en la vía, igual, por el bendito cinturón de castidad perdón de seguridad, también, y por la más esperada por ellos con ansia suprema, la reina de las infracciones, la número uno, el certificado médico. Hay que verle la cara de satisfacción cuando a uno lo consiguen con el certificado médico vencido, o a punto de vencer, o mejor aún, cuando se carece de él, entonces se afincan vacían el bolsillo de cualquiera... Ya son unos sicólogos en ciernes en estos menesteres, esperan solamente ver los rostros de las futuras víctimas para darles el zarpazo de la ley.
Solo esperan con gran efectividad y acertamiento, el vencimiento de los seguros, los trimestres, la partida de nacimiento y hasta la cedulación de los abuelos para dividir en dos un presupuesto familiar.
Cuando se trata de martillar... Que Dios nos agarre confesados.
Fragmento del libro Tautología del martillo
