Las habituales costumbres de los magno eventos sociales y culturales, o cualquier manifestación activa de reunión de congéneres pensantes, siempre debe estar condicionada por las absurdas reglas de protocolo; reglas que no hacen sino reprimir la emoción y el placer. Y en una sola semana me tocó estar sometido a la rigurosa señora: Etiqueta, nada mas estresante que eso.
Estos últimos días, que literalmente fueron los últimos para mi carrera estudiantil, por lo menos en lo que a meta se refiere ya que alcance el tan ansiado título: cosas que no nos hacen mejor que nadie, sólo nos acreditan como conocedores de una materia, en fin; lo recibí en un evento que duro toda la mañana del jueves
¡pensándolo bien, los títulos de la fe, del perdón y de las cosas esenciales en la vida aun no se manifiestan!, pero, ¡que tonto soy!, es que lo que es maravilloso no necesita presencia, mas bien su ausencia es lo que las hace bellas, como dijo el Pequeño príncipe: El desierto es bello porque en algún lugar guarda agua
Así, los hombres también lo somos, porque en algún lugar tenemos un corazón, un alma
Ah! ¿Qué será de mi alma?...
¡Yupi! Mi graduación, un evento repetido en las memorias de mi cabeza pero, como siempre, único. Todo es algarabía y la mejor alegría se respira, nadie piensa mal, ni feo, ni se entristece, todo es adrenalina. Todo esta regido por las leyes del corazón, del conocimiento, de las expectativas, de los logros; y las absurdas reglas de protocolo se olvidan justo al subir al presidium, donde todos; serios y encorbatados, con potes de agua minalba, y copas de cristal, nos miran exorbitados, cada vez que renace un apodo, una aullido, un silbido
¡Pana, es nuestra graduación!... ¿Qué quieren? ¿Que las palmas nos duelan y reclamen, con su idioma mudo de enrojecimiento, por intentar expresar la alegría que nos inunda, que se nos desborda en las camisas nuevas, los zapatos lustrados, los peinados elaborados, los detalles, las diademas, las correas y las arrugas inoportunas de cualquier prenda! No, que va! Estos si que son apretados, es imposible contener el contento. Estos días me gustan mucho porque el niño que se lleva dentro que se guarda en las materias, en los saludos a distancia, en la soberbia caminata mañanera sin compañía, en el riguroso combinar de camisa, pantalón y corbata, vestido, zapato y collar, sale de la mano conmigo y con todos los demás y se sube al estrado a decir las palabras, y se manifiesta en los alaridos, las irreverencias
y, ¿dígame alguno que no las hizo el día de fin de meta?... si fue así, no lo reprendo pero lo lamento tanto por usted.
Nada parece estar listo, parece que siempre falta, algo, intente recordar la reverencia pero al pisar el escalón, di la espalda y alce mis manos en señal de victoria, ante los aplausos sonoros de quienes si me entendían, de quienes, allá abajo, vestido de nuevas vidas, se regocijaban conmigo ante el merecido titulo que habíamos adquirido
¡Que viva el protocolo!.. así siempre habrá algo que matar el día de las metas cumplidas.