Carta a mi padre muerto.

Papá, no sé si sea normal escribirte, pero… lo haré.

No entiendo porque debiste irte un día después de su cumpleaños, unas semanas después del mío, unos meses antes del tuyo. ¿Qué esperabas conseguir? ¿Qué te animó a coger tu viaje, sin rumbo, a la supuesta eternidad, al sueño, a la muerte, al otro plano, a luz? Te fuiste justo cuando los Tigres de Aragua ganaban la Serie del Caribe.

Todo quedo en silencio; aunque habían palabras, para mi todo era silencio: uno mudo, eterno, áspero… silencio puro y verdadero. Las lágrimas no querían acompañarte, las manos si. Mis manos te buscaron como las de un niño que soltó su globo y lo vio alejarse para nunca mas volver. Y mi oído, atento, esperaba tu risa, tu palabra. En situaciones similares siempre se espera que el parpadeo de la señal de ¡¡¡ALTO!!! O el llamado de que "Está vivo, sólo dormía", pero no fue ese tu caso. Dormías profundamente, sin sueños, porque los sueños se ven a través de los gestos, a través de los párpados transparentes como una película de video.

¡Toc! ¡Toc! Toqué, con la esperanza de que respondieras: “¿Quién es? Y poder bailar de alegría, pues era una mas de tus tantas bromas. Pero nada pasó… ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!... y nada pasó. Tus labios seguían inanimados, quietos, también durmiendo como la chica del cuento.

 

Te hable despacio, bajito. Quizás ese fue mi error. De haberlo hecho alto quizás, en tus oídos, la cadena de huesecillos se hubiera estremecido  llevándole a tu cerebro una onda de sonido que pusiera a trabajar tus sentido al bajar por la médula espinal y hacerse eco en cada una de las neuronas, en cada una de las células y, éstas, sobresaltadas y molestas por ser despiertas de coñazo, hubieran estallado en líquidos, en respuestas, en sutiles directrices, que pondrían a trabajar a tus órganos, tus tejidos, a tu armazón de guerrero dormida y, alebrestados y revolucionarios, tus poros se alzarían en un estremecimiento total de tu piel aindiada, de color canela, de músculos tenso y tus ojos oscuro se hubieran abierto para verme, heridos primero por la luz de la bombilla y los cirios que te calentaban como a un pollito en incubadora, y me dirías “¿Por qué me despiertas?” entonces, mis lágrimas habrían nacido por contentas,  y mis manos trémulas habrían roto aquel vidrio, y en mi boca; que se había callado el te quiero que era para ti y que, ahora, no me sirve para mas nadie, habría estallado la palabra, el grito, la alabanza, las gracias, las bendiciones que me tragaba para bajarme el nudo de la garganta. Pero no pasó. Yo hablé muy bajo. Y a tu oído no llegó mi canto, ni a tu mano mi caricia oscura apoyándose en la sombra que te recorría, distante del calor de mi propio cuerpo, tal vez como la caricia de otro muerto, uno lejos de la  muerte que te embargaba, que tu vivías, –si es que se puede vivir la muerte- que nos alejaba al uno del otro...

 

Así te fuiste. En Febrero, como una mas de tus ocurrencias, antes de los carnavales, antes del cumpleaños de Fernanda, después del de mi madre. Te fuiste sin ver los morados de los apamates, ni la caída de José, no puedes contar sus siete puntos que adornan su mentón como los primeros vellos de su cara, ni puedes leer ésta carta que hoy, sin saber el por qué, te escribo desde mi propia muerte: la de no haberte dicho lo que hoy mi alma siente.

 

 



+ Regístrarte y comentar este blog

revasquez

R.E. Traviezo.
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor. El resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Preguntas frecuentes    -     Enlaces    -     Anunciar    -     Publicar relatos