Tenía un amigo en otra página literaria que se quejaba
porque yo nunca le comentaba, me volví un campeón mintiéndole, no fui capaz de
decirle nunca que no tenía talento, que solo escribía una sarta de tonterías sin sentido y que le faltaba
belleza y tino a sus escritos, eso sí, lector
extraordinario si era, y crítico excelente, noté que sus comentarios eran muy
atinados y me pregunté porque no se criticaba el mismo, un día en una de
nuestras acostumbradas tertulias le propuse que usara su excelente tino para
criticar uno de sus propios cuentos, me dijo: Eddy, he ansiado tu crítica porque
sé que tu serías imparcial, ¿crees que no puedo comparar mis escritos con los
tuyos o los otros tantos muy buenos que leo en Internet? Sé que no tengo el
toque, al igual que no lo tienes tú con tus pretensiones de pintor, toda la
vida te he dicho que te dediques a otra cosa, pero tú sigues gastando una
fortuna en oleos y pinceles sin lograr entender que mejor pintas con las
palabras que con las brochas. Al menos yo te he dicho la verdad, tú buscando no
herirme me mandas a autocriticarme cuando solo esperaba de ti una sinceridad
como la que yo te he mostrado, y cambiamos de tema iniciando una entretenida discusión
sobre política que terminó como siempre,
con una invitación a bebernos un café cualquier día de esos.
Pero para mí no todo había terminado allí, me fui a casa,
descolgué un enorme cuadro al oleo que había pintado años atrás y que tenía colgado
en la sala principal, a mí me parecía
horrible, pero los aduladores de oficio
que me visitaban siempre lo alababan mientras disfrutaban de mis whiskys y mis
canapés, le prendí fuego en el jardín trasero, y me prometí a mi mismo que no
volvería a leer a mi amigo, para no tener una opinión negativa y tener que
mentirle diciéndole que no le había leído. Por lo menos ahora le diría la
verdad.
