Dahiana: victima dos veces
La historia veridica de la mujer secuestrada que vivio y sufrio los ultimos ocho años de la vida de Toño Bicicleta.
Prologo
En la mañana del 29 de noviembre de 1995 Toño Bicicleta cayó abatido por un tiro de escopeta disparado por un miembro de la escuadra de Operaciones Tácticas de la Policía de Puerto Rico, que desde hacía catorce años le husmeaba los talones a través de las 215 millas cuadradas que comprendía su territorio de acechos. La asombrosa noticia, de la que se hicieron eco todos los medios noticiosos del país, fue acompañada de dos comunicados suplementarios que no sorprendieron a nadie: en el primero se aclaraba que el fugitivo había sido muerto en defensa propia cuando intentó atacar a machetazos a uno de los agentes; en el segundo se informaba que al momento de su muerte iba acompañado de una mujer.
Francisco Antonio García López, mejor conocido por Toño Bicicleta, había ganado notoriedad a mediados de la década del setenta, cuando protagonizó una larga carrera delictiva que produjo una búsqueda sin paralelo por parte de las autoridades del orden público y que lo convirtió en una leyenda viviente. Durante seis azarosos meses los comunicados de prensa tomaron nota de diecisiete raptos de mujeres, cuantiosos robos y escapatorias suicidas frente a los cercos de la policía, delitos que, luego de que fuera atrapado en 1974, lo condujeron a una condena de 186 años de cárcel. Sometido a reclusión, Toño Bicicleta abrazó la religión, fue bautizado, se convirtió en reo ejemplar y renegó de su mala vida. Con los años el país al que conmocionó con sus crímenes lo redujo a un ente del pasado. El mundo lo olvidó.
Pero el 19 de septiembre de 1981 sucedió lo imposible:Toño Bicicleta se fugó del campamento penal, donde graciasa su buen comportamiento se había ganado el privilegio de una reclusión mínima, y volvió a sus andadas. La historia se repitió con nuevos bríos. Se le achacaron nuevas muertes y pronto una cadena de raptos de mujeres se sucedió sin interrupción. La policía, como había hecho diez años antes, mantuvo una brigada permanente en su búsqueda.
Así que no era raro que resultara muerto en una refriega con la policía ni que tuviera a su lado a una de sus presas de turno. Sin embargo, la mujer que encontraron junto al forajido era una versión muy distinta de la de cualquiera de sus víctimas precedentes: era joven, delgada, de pómulos hundidos, vestía una fatiga de militar, estaba armada con una escopeta Winchester calibre .12 y emitió un alarido de dolor cuando escuchó el tiro con que se dio muerte al forajido. Los policías contaron que tuvieron que someterla a golpes para que se rindiera.
Se llamaba Dahiana Pérez Lebrón. Había sido raptada por Toño Bicicleta en 1988, en Sabana Grande, cuando apenas contaba con catorce años, en medio de un drama confuso en el que su novio resultó muerto, crimen por el que su padrastro fue acusado y sentenciado a noventa y nueve años de cárcel. Dahiana aclaró de inmediato el equívoco al señalar a las autoridades judiciales que el autor de aquella muerte había sido Toño Bicicleta cuando su novio forcejeó con él para intentar evitar su secuestro. Tres días más tarde su padrastro fue absuelto de los cargos del crimen y al salir de prisión la familia, que había estado separada durante ocho largos años, se unió en un abrazo de gratitud y de olvido.
Lo que los investigadores del caso no acertaban a comprender era el sentido de la relación entre el raptor y la mujer, pues en los días que siguieron a su aparición no pareció conciliar su papel de víctima de su papel de viuda. Aunque el público se compadeció de la suerte de la muchacha, que había sido obligada a compartir el destino del fugitivo como un animal de monte y a vivir de espaldas al mundo en la flor de su juventud, los fiscales del estado se ensañaron contra ella. Le sometieron cargos criminales. La acusaron de ser una impostora, de tomar públicamente el papel de víctima cuando no era sino una criminal empedernida, cómplice de las fechorías del maleante, del que fungía de amante y de guardaespaldas. En el tribunal ella pareció contradecirse. ¿Estaba junto a Toño Bicicleta contra su voluntad? ¿Lo quería? ¿Andaba armada? Un policía la señaló como la mujer que cinco años antes disparó contra él durante uno de los muchos altercados destinados a apresar al bandido. También se escucharon voces en su defensa. Los psicólogos se indignaron ante lo que consideraron un circo, declarando que Dahiana había sufrido del Síndrome de Estocolmo, en el que la raptada es seducida a la obediencia por los continuos asedios de su raptor, por lo que no podía tratársele de criminal sino de víctima inocente. En medio de un proceso amañado en su contra la amenaza de una larga condena en la cárcel emergió como una posibilidad funesta de la que no podría escapar. Ante la furia de los fiscales y el consejo de su abogado, Dahiana se declaró culpable.
Tres años después de estos sucesos, a sus veinticinco años, cargando sobre sus espaldas una condena de cinco años bajo probatoria, incapaz de conseguir un buen empleo ante el destino obstaculizado por un expediente de conducta dañado y sometida a toda clase de oprobios, Dahiana ha decidido narrar en un relato íntimo de su odisea la verdad absoluta de los hechos. Lo ha querido hacer con su propia voz y con el lenguaje propio de un testimonio inédito que por primera vez halla luz después de haber sido custodiado durante tanto tiempo entre sombras. Yo la ayudé a poner los eventos en orden, a abundar un tanto aquí y a aclarar un poco allá, pero el texto general procede de una revisión honesta y profunda de su experiencia, la que cualquiera podrá juzgar aquí de extraordinaria.
Cuando la conocí, Dahiana había dejado de ser aquella muchacha enclenque de las fotografías de los periódicos y que miraba con los ojos taciturnos y desconfiados de los animales enjaulados, pero todavía tenía la costumbre cauta de andar dos pasos y girar hacia la retaguardia. Mientras este libro tomaba forma se le agrietó la coraza de impermeabilidad que tantas veces vimos en los noticiarios y que le impedía expresar el sentimiento atroz que la embargaba, y fue incapaz de contener la carga de emotividad que generaron los duros hechos que revivía. Me dijo que quería que la gente supiera lo que le había pasado, en una valoración serena de su vida, y después quería olvidarlo todo. Yo le dije que era bueno y necesario, que lo que dijera serviría a otros, pues hablaba de una mujer y hablaba de una lucha. Lo que resultó fue mucho más: un relato estremecedor, desterrado de su memoria a golpes de voluntad y articulado en un drama de violencia y de intriga, de odios y esperanzas, de perdón, de valentía y de amor.
Esta es su historia...
Edwin Cuperes Vélez