


Mis poemas han sido tocados por la tristeza, una tristeza provocada por el pasado, un pasado sin olvido que no puede ser borrado, erradicado, borrado, pero uno que me frecuenta en la vida y me atormenta en mi escribir. Mis pecados han sido perdonados por un Dios indulgente, pero mis memorias no han sido dadas la gracia del olvido. Y mi alma grita por misericordia mientras escribo líneas y estrofas que reflejan un martirio interior incomparable a la calma externa que miente y calla ante la realidad de mi existencia. Mi culpa es mi propia condena y mi condena es el vivir en la tristeza de mi poesía.


