Noctulios para la Lírica de Partículas Fugaces

ANTONIO DEL ORBE

Que es la poesía, sino el trasfondo de la razón que somos, la única y verdadera certidumbre, tal vez el ultimo reducto que nos redima, que nos salve de tanta y tanta desolación?

No es sino un transito ácimo y demasiado estrecho  el que conduce a los bates que habrán de cantar y contar la breve huella que nos constituimos. Miguel de Unamuno nos decía, con sobrada razón: "es este el poeta, el antista aquel que vislumbra sin rubor a cincuenta años de distancia lo  que será".

Esta particular y misionera aptitud no es errática en  quienes asumen la mas alta poesía como única heredad, tal es el caso del Adames poeta que tramonto conozco.

Es la  suya una poesía de vértigo y vértigo, extraña por demás en estos lares, donde se cultiva la mansedumbre de yodo y nitro en un compás de cinco siglos.

Toda una esquina de su poesía reproduce influjos candescentes capaces de  cegar, cual holocausto deja al nervio en vilo para después desdoblarlo una y otra vez hasta hacerlo perecer.

Cuando trabamos la intensidad de estos versos ya nos sentimos perdidos para siempre en un sincretismo sin paralelos, donde un solo ojo de cíclope nos escrutina; mas que adentrarnos en los laberintos del poeta, estos versos se yerguen, deambulan y se adentran solos en nuestras ansias dibujando la estirpe que no sabemos o no queremos ser.

Es un devenir de velada osadía, cual si los versos conocieran de memoria los espejos que somos.

Asombra  también, la honda reflexión cuasi esférica  que  se torna, puede asirse pero cuando somos capaces de sumergirnos a golpe de pulmón, empeñados  hasta su planicie marina misma y metafísica, porque la razón de estos versos no es tan solo el legitimo ágape con la belleza, como toda la poesía verdadera, sino la comprensión de las ondas y luces que conforman la humana continencia.

Estas partículas emergen onerosas de un intimo y preceloso mar, baldeando un trecho del quehacer poético de Adames, que en mor de parpadear entre hombres tiene que asumir dolorosamente otras vestimentas.

¿Cómo, entonces, llega el Adames poeta a esta y otra madurez, tan felices conclusiones líricas?

La tragicidad en opinión de nuestro Fernández Espencer es el capullo de maduración de los más grandes liridas; quisiéramos humildemente añadir un otro elemento concurrente en el lirida que nos ocupa: la insularidad que en connubio con las montanas mas azules y altas de la dominicanidad, conforman la complicidad de sus numenes.

Tal vez no son las mismas temperaturas que circundaron la prosa de Tolstoi o Gorki o la inmensa poesía de Pushkin, pero estos vientos casi helados han sido la única compañía de nuestro lirida de las montanas.

Cuando este bate expíe sus culpas  y se mude a la otra vera, deberán las generaciones  recordaran sus versos perfumados en remembranzas Cavafianas, con un solo epitafio pedido prestado en ocasión a Tagore:

"Soportaré con alegría que el orgullo del saber llene mi casa con sombras de muerte, con tal de que en un futuro feliz, nazca nuevamente convertido en pastorcito de los bosques de Brinda"


Antonio del Orbe
Poeta, Ensayista y Escritor

 



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Roberto Jose Adames
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