Rebecca Dautremer o el Color de la Pasión

 

A los que no la conocéis tengo el gusto de presentárosla y los que ya la conocíais, imagino que, como yo, estaréis enamorados de ella, bueno, más que de ella, de sus dibujos, de sus ilustraciones.

 

Rebecca Dautremer es ilustradora de cuentos infantiles, pero en realidad es a los mayores a quienes atraen esos cuentos. Porque esos cuentos son auténticas obras de arte. Porque esos cuentos, cuando uno revuelve las estanterías de las librerías en busca de las últimas novedades o de nuestro autor favorito, o de aquella novela que queremos regalar a esa persona..., surgen majestuosos ante nuestra vista, destacando por sobre todos los demás.

 

Su gran formato, de tapas duras, semeja un cuadro que ha sido depositado por error entre tanto libro. Esos dulces rostros, ingenuos, esa iconografía casi naïf, aunque tratada con un dominio extraordinario de la técnica y del arte del dibujo y, sobre todo, el color, el rojo, nos salen al encuentro en nuestro recorrido visual por ese mundo de la fantasía y la literatura.

 

Escuchar o ver escrito el nombre de Rebecca Dautremer es pensar inmediatamente en rojo... En rojos, mejor dicho, porque para Rebecca no es que exista el color rojo, un único color rojo, para ella existe todo un mundo de tonalidades rojas perfectamente convinables unas con otras, perfectamente interactivas, perfectamente acopladas. Un perfecto mundo en rojo.

 

Pero es justo decir que para Rebecca existen otros colores, otras tonalidades, que utiliza pequeños toques de matices contrastados con sus rojos, pero con los que no hace sino dar más vida si cabe al rojo.

 

Dautremer, por muy apasionada que sea no pretende cargar nuestras terminaciones nerviosas oculares, ni nuestra mente ni nuestro espíritu de carmines, bermellones y escarlatas. Ella no quiere saturarnos de un color cuya estridencia, a la larga, podría alterar nuestra percepción peligrosamente. Rebecca es pura sensibilidad, pura sensualidad, pura intuición, puro arte; pero Rebecca conoce su oficio...

 

Y así, entre sensibilidad y conocimiento, entre intuición y técnica, entre arte y oficio, hace uso del contraste, de un fuerte contraste, en el que contrapone la frialdad de unos suaves matices entre verdes y azules, unos pálidos tonos turquesas, unos grises azulados, unos verdes agua, con los que inunda las páginas en las que, como escandalosas manchas de sangre, derrama sus tintas bermellones, carmines, púrpuras, rosas, ciclamen, fucsia, violáceas y anaranjadas, haciendo destacar aquello que pretende con la calidez propia de ese vibrante color.

 

Así, encontramos láminas de Rebecca Dautremer que nos sorprenden por una saturación de diversos tonos de rojo, por una composición visual  predomiantemente encarnada. Y cuando ya nos hemos adaptado, cuando hemos tomado confianza con este esplendoroso color, nos vuelve a sorprender con la frialdad de los azules y verdes azulados contra los que ora estrella salpicaduras de rosas, de gotas de sangre o de amapolas, ora los mantiene intactos, en la pureza de las frías aguas, en la lejanía del inmenso cielo o confundidos entre la verdosa vegetación.

 

En medio de esas sublimes extensiones de azules y rojos, Dautremer no olvida el papel imponderable de los pardos y negruzcos, ya sea para recordarnos que existen otras tonalidades de piel, ya para resaltar el dramatismo de la nocturnidad; así como el de la luminosidad del blanco, si me lo permitís, en toda su variedad de matices. 

 

Pero las ilustraciones de Rebecca Dautremer no son sólo color, no son abstracción, pura composición. En Dautremer destaca también su iconografía. Una iconografía a la que imprime carácter, una iconografía indiscutiblemente "dautremeriana", una iconografía en la que, tal vez, confluyan diversas influencias pero que Rebecca ha sabido adaptar perfectamente a su mundo, al mundo que le es propio, al mundo de las Princesas Olvidadas o Desconocidas y de los personajes de cuentos conocidos, al mundo de la fantasía, al mundo de los sueños, al mundo de nuestr@ niñ@ interior.

 

Sus imágenes, perfectamente expresivas, perfectamente detallistas, perfectamente ilustrativas, están formadas por objetos que parecen tener vida propia y por personajes que, como otros elementos  cualesquiera forman parte de la composición. Así puede tener la misma preponderancia un adorno en un vestido, el estampado de una tela, una mariposilla que revolotea juguetona alrededor de algo o una figura humana cuya función puede haber quedado relegada, a pesar de ser la verdadera protagonista, a la de puro elemento decorativo, a la de objeto que forma parte del ambiente o del paisaje, pero no porque menosprecie su valor sino porque para Rebecca todo en sus composiciones tiene su real importancia.

 

En la expresión ensimismada de los rostros humanos de las princesas de Rebecca descubrimos un  aire lejano, un matiz que las aleja de lo humano para introducirlas en un mundo onírico, un matiz que las convierte en estatuas mientras deja traslucir su espíritu, su alma, en la expresión de sus ojos.

 

Y por último llamo la atención sobre la perspectiva con la que juega Rebecca, que puede pasar de ser una toma directa enfrentada al personaje que posa para el espectador, a una vista aérea de la composición, pasando por tomas desprevenidas de perfil o espalda de unos descuidados personajes. 

 

Os recomiendo un viaje a la fantasía, al corazón de vuestr@ niñ@ interior, al mágico mundo de sueños del azul y a la ardiente pasión del ámbito del rojo. Un viaje al universo ilustrativo de Rebecca Dautremer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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