


Hace un par de años escribí un libro basado en experiencias personales. Aún está pendiente de corrección y concretar algunas cosas, como por ejemplo, el título, y todavía no tengo idea si lo publicaré. Se trata de un libro muy íntimo. De vez en cuando lo recuerdo... Hoy ha sido uno de esos días. He releído algún fragmento y me he dicho: y si me atreviera a compartirlo con mis amig@s de EscribeYa...
He escogido el capítulo cuarto y de él he extraído un fragmento que es el que os muestro a continuación:
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Estábamos en plena primavera y recuerdo que, recién salida del hospital, durante algún tiempo, estuve yendo de médico en médico y de revisión en revisión para ajustar mi medicación de la tensión, comprobar el estado de mis órganos por si me habían quedado secuelas o simplemente cumplir trámites burocráticos.
Aunque los médicos no encontraron ninguna lesión a consecuencia de la preeclampsia, exceptuando una pequeña alteración en el fondo de uno de mis ojos, yo ya no era la de antes. Mis movimientos eran más lentos, había perdido practicamente la totalidad de mi fuerza muscular, sostenía mi cuerpo con gran esfuerzo, me sentía muy débil, a veces envuelta como en una nube de confusión, mi memoria muy alterada, vértigo sólo por andar por la orilla de la playa... Si tenía que esperar en cola para que me recibiera algún médico, sin posibilidad de sentarme, no podía soportarlo, mi cuerpo flojeaba, me sobrevenía dolor por toda la columna vertebral y me costaba mucho mantenerme erguida. Los médicos me decían que todo ello era debido a mi cambio tensional, que mi organismo había estado acostumbrado a funcionar con una tensión elevada y ahora debería adaptarse a la tensión más baja pero, al fin y al cabo, normal. Yo, ahora, me pregunto ¿no serían los primeros síntomas de la fibromialgia?
Me sentía muy débil y con un vacío enorme. Seguía queriendo a mi marido con locura, pero ni mi cuerpo ni mi mente tenían la suficiente autonomía para poder demostrárselo; mi relación con él ya no era igual. Ese vacío me dañaba y me atraía pensamientos obsesivos insanos, pues me culpaba, en cierto modo, de haber conseguido su amor mediante la esperanza de darle un hijo que ahora ya no le podía dar, y mi cabeza daba vueltas sin cesar planteándome la duda de si él me quería por ese hijo, que habíamos perdido, o me quería por mí misma.
Cuando tuve la primera regla después del trance pasado, la recibí como un jarro de agua fría, nunca me había sentado tan mal tener la menstruación como en aquellos momentos. Eso significaba que no estaba embarazada, me recordaba y me hacía cerciorarme de mi situación real. Me recordaba mi vacío, mi debilidad; esto me conseguía poner de muy mal humor y lo pagaba con mi marido.
Era pleno verano y estábamos pasando una temporada en su casa familiar, en su pueblo, disfrutando de las fiestas y de la playa. El se iba todos los días a trabajar y yo lo esperaba todas las tardes en la playa, ilusionada, para luego ir a dar un paseo. Me sentía feliz de estar con él, de tenerlo como marido, pero, sin embargo no era capaz de demostrárselo...Yo me sentía a gusto con él, le quería, me reconfortaba estar a su lado, me sentía protegida, pero, tal vez, era conmigo misma con quien la cosa ya no funcionaba...
Una noche salimos a pasear por el pueblo y nos sentamos en la terraza de un bar que estaba situado en un lugar privilegiado, a cierta altura sobre el nivel del mar, a tomar un refresco. Hacía una noche preciosa, la luna se reflejaba sobre la superficie del agua. Todo contribuía a hacer de aquel escenario y de aquella situación, un momento romántico. Entonces las palabras de mi marido me sorprendieron como una daga hiriente. "¿Por qué ya no es cómo antes?" me dijo, "¿Qué pasa, ya no sientes lo mismo por mí?". No recuerdo lo que le contesté, pero me sentí profundamente herida porque me reconocí culpable de no haberle sabido demostrar lo mucho que aún le quería. Sin embargo él, muy inteligentemente y con una gran sensibilidad, supo hacer renacer en mí esa llama que en otros tiempos yo siempre tenía encendida desde que le conocí. Comenzamos a besarnos apasionadamente y culminamos la noche en un acto de amor totalmente pasional y desprovisto de los miedos y prejuicios que me habían perseguido desde mi estancia en el hospital.
Aquella noche, como pude comprobar días más tarde, engendramos a nuestro hijo en un romántico y apasionado acto de amor, dentro del coche y perdidos en la espesura de un bosque cercano, como dos adolescentes que se aman por primera vez.
Unidos de nuevo, pasaron los días hasta que tuve noticias de mi segundo embarazo, que recibí con gran alegría, pero con considerables dudas, debido en parte a los antecedentes sufridos tan recientemente, y, en parte, a que mi estado de salud no era el más indicado, ya que seguía encontrándome muy débil. Pero, a pesar de todo ello, reconozco que, psíquicamente, necesitaba estar embarazada de nuevo, sentir que de nuevo había vida dentro de mí.
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