Un vacío de seres invade las sillas. El aire gélido se expande y solo a mis pies se ubica. La sangre despide un aroma elemental, particular, de vida y de muerte.
A glóbulos, a plasma, a una condición que creemos desconocer hasta que nos sucede.
Entonces sabemos lo frágil de la existencia. En un solo instante, ese soplo se amenaza y empequeñece el concepto, la silueta.
Una palabra basta para sabernos efímeros, otra para dar gracias a lo divino.
En una minúscula porción invisible, todo late, o nada, progreso o detrimento.
Huele a sangre, a plasma, a vida.
