El príncipe abdicó por miedo. Le asaltó la duda, lo ahogaron litros de cobardía. Y su amor no fue más que el tránsito de unas horas por una piel desprevenida.
El príncipe depuso el talante otorgado. Se negó a luchar, no hubo objetivos que cumplir. Su excelencia le queda grande a quien no toma la espada por el mango para matar los dragones.
El príncipe renunció al amor que pudo ser soberano y se adjudica la condición de incomprendido. Se vistió con trajes sin mangas, cuellos incoherentes, saldo negativo.
Una princesa, siempre lo será. A su castillo no entran seres sin coraje que deserten antes del comienzo de la batalla.
A rey muerto, rey puesto.
Boo
¡Bien por la princesa!
Un rey así, mejor perderlo.