Desde las alturas, indiferente, sobrevuela los tepuyes y las selvas. Su imagen se refleja en el sereno espejo del Bara, azul y gris como un diamante pulido.
El día ha estado nublado y gotas de rocío acarician sus blancas plumas, caen y forman en sus alas explosión de perlas a cada golpe de alas.
El sol se oculta suavemente a sus espaldas, fuego y oro. Una sombra oscura se proyecta sobre el exuberante tapiz de terciopelo verde y esmeralda, con la luna en su frente y las estrellas en su testa, azabache y plata.
La abundante espuma celeste se disipa, y la divina Chía se muestra gloriosa ante la criatura.
De piel morena y pálida, ojos azules como cascada de invierno y cabellos grises como la ventisca mañanera.
Divina Chía, diosa de la luna, protectora de los bosques y de la noche fría.
Cuatro cóndores la sostienen sentada sobre sus piernas y adornada con oscuras piedras y pieles tierra y montaña coloradas.
Susurra en sus oídos, dulce música por orden y palabra tierna por encomienda.
Montuna, dice la diosa y la criatura grita de espanto.
Montaña de muerte y desolación, peñón maldecido por los Antiguos.
Montuna dijo la diosa, pues jamás a una encomienda ha dejado desamparada y a sus servidores abandonados a su suerte.
Envía a la criatura, a la Última de las Grandes Cinco Águilas Blancas.
Montuna dijo la diosa, y una figura blanca y tenue desaparece tras la llanura.
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