


| Escritor: | albolivar88 |
| Públicado: | 11/02/2008 |
Los viejitos se mueven por la ciudad
en las solitarias horas de la mañana
despacio y encorvados
como alumbrándose con un candil
en una oscura noche cerrada.
Los viejitos no ven muy bien por dónde andan
porque tienen la mirada vuelta hacia dentro;
paso a paso buscan en los parques o en las plazas
dónde sentarse al sol tibio del otoño,
juntitos y en silencio;
muy dentro y muy lejos detrás de sus ojos
sigilosos van palpando los estantes
donde parpadean con débil luz amarilla
los recuerdos.
Los viejitos hurgan en las profundas galerías
del tiempo
como anticuarios de libros viejos
y encuentran jirones de memoria
que huelen a ternura y pecho de madre que amamanta
o ríen como un niño levantado al cielo
por los fuertes brazos de su padre
o tiemblan como una joven adolescente
que es besada la noche de San Juan
sobre un lecho de heno.
Desempolvan y aspiran el dulce tacto
de estas bellas escamas de oro
que adornan sus almas,
y se sienten contentos dejándose caer en el pasado.
Sin embargo, buscan con cuidado y temor pues saben
que se pueden topar sin quererlo con otros recuerdos
que recorren el espinazo con el escalofrío del miedo
al fracaso,
se asientan en el pecho con el dolor de la riña
con el hermano,
o saben en la boca al beso amargo de la traición.
Los viejitos tienen tanto que recordar
y con tanto riesgo
que cuando la muerte los ronda se sienten aliviados
de poder abandonarse al olvido
y dejar de tantearse tanto por dentro.
Madre y amante de la última hora de la soledad,
en cuanto se acerca, le van al encuentro
con los ojos más apretados que nunca.
Hoy le ocurrió a uno de ellos.
"Acércate que te voy a dar un beso"
dijo el viejito al tiempo que con gélido aliento
le acarició la nuca.
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