Tarde, siempre tarde apareces,
desplegando rayos que me hieren,
que me duelen demasiado dentro,
como si lo supieras.
Tarde, siempre tarde es cuando apareces,
inundando espacios vacíos de espera,
como si lo supieras, como queriendo hacerlo.
Tarde, siempre apareces tarde, premeditadamente,
con la pasmosa puntualidad que irrita el alma.
Tarde, siempre es tarde cuando apareces,
como para señalar la hora,
como queriendo acompasar los relojes
arrastrándolos a tu ritmo,
parándolos un momento
poniéndolos a tu hora tardía.
Te miro imposible. Es lo que espero.
Veo pasar los minutos por tu mirada a lo lejos, lejana.
Veo mi reloj esperando ese minuto tardío
en el que nunca llegas.
Retrasada espera del pasado tiempo
al que de nuevo nunca regresarás.
Nunca esperé el pasado, nunca.
Nunca miré atrás como miro ahora.
Nunca el atrasado tiempo marcó mi presente.
Nunca esperé tanto, tanto tiempo.
Nunca como ahora. Nunca.
Adelanto mi reloj para que pase rápido.
Adelanto mi reloj para adelantar la espera.
Lo adelanto pero no alcanzo el tiempo.
El tiempo lo marca tu puntual tardanza
(como si lo supieras).
Pero cuando los relojes se habitúan a la demora,
cuando sus agujas se ajustan a tu tardanza,
a veces , sólo a veces, te adelantas (cuando tú quieres).
Entonces ellas esperan atentas para pararse,
para acompasarse a ti, subyugadas a ti: la dueña del tiempo.
Lo que queda de mi añora el antaño,
cuando te acompasabas,
cuando llegabas a tu hora,
cuando aparecías sin demoras,
cuando no existía la tardanza.
Ese minuto sincronizado añora.
Ese minuto acompasado anhela,
como si pudiera ser,
como si el tiempo de verdad existiese
y no fuera fruto de tu presencia, tardía, retrasada.
Tarde, tarde apareces,
ajena a mis puntuales relojes, monótonos del tiempo.
Tarde, siempre tarde, tarde siempre.
Mucho más tarde de lo previsto como si lo supieras.
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