TANGO DE
Dime si a tu juicio el día de tu partida
No se derritieron todas las estrellas.
Porque eso explicaría que cada vez que miro el cielo
No hay una, ni para remediar un dolor.
Dime si a tu juicio todas las canciones comienzan con un réquiem
Ahora que tú no tienes las risas para amarlas
Y las manos para dirigir las orquestas invisibles
Que brotan del ya desvencijado aparato.
Desvencijado él de tanto soportar mi cólera
Y de tanto ser bañado por mi llanto
Y de tanto ser abatido por la nostalgia
Porque no sabe responder por qué ni por qué.
Dime si no es cierto que cuando miro tu retrato
Que enmarqué para no olvidarme de tus ojos y tu boca
Lo que veo es pura vida desperdiciada en las cañerías
De la laguna de la finca, donde sólo viven las babas.
Dime si lo que dejaste de mí no se arrastra solamente
Si no es grito suplicando conocer el camino
Que me permita seguirte, oh, ingrato,
Que me llamaste un día de Septiembre para amarme
Y me amaste sin reposo hasta hacerme creer
Que todo el tiempo era Septiembre y nada más.
Dime si en tu mente el día de tu partida
No ha venido a ser uno de esos días malditos de Dios
Como lo es en la mía, martilleando y martilleando
La plata de tus cosas y lavándolas para que refuljan
Con la esperanza de ver en ellas tu cara reflejada
Cara de espectro de azul y amarillo que a mí viene.
Dime si es justo que este domingo me esté desmoronando
Sobre la tierra arcillosa, gritándole tu nombre a la soledad
Mientras el gris del cielo no deja madurar las cosechas
Mientras no baje la lluvia verdadera de mi llanto.
Dime por qué ya no río como antes
Por qué no correteo como antes tras las lagartijas
Porqué no hay mariposas en las cayenas florecidas
Y porqué florecen las cayenas si se llevaron tus olores.
Dime si Dios no es un titiritero ingrato,
Que se goza martirizando esta amargura
Amargura que se deja acariciar como zorra domesticada
Allá, en lo profundo de los campos.
Dime qué tengo que hacer para morirme
Qué más tengo que hacer para morirme
Porque me prometiste que si arreglaba los perros
Y recogía las cosechas, y terminaba
Cualquier cosa pendiente, allá estarías, esperándome.
Dime porqué los venenos no funcionan,
Ni los dolores en el vientre que me niego a tratar,
Ni el dejar de comer y de beber días y días,
Ni el haberme arrancado la risa verdadera de la boca,
Ni que el corazón se me deshaga.
Dime si no es cierto que las estrellas se derritieron
Y que yo me voy derritiendo cada noche
Cuando me acuesto en un catre y no en el tálamo
Y lloro a mi antojo, sin rezar, sin consolarme,
Escuchando la música que escuchabas
Y renegando hasta de la madre de Dios.
Dime porqué tuve que encontrarte
Y tuvimos que mirarnos por un segundo nomás
Y sentir que todo el universo nos pertenecía
Y me lo dejaste en herencia cuando no lo quiero.
Me lanzo sobre tu tumba en las tardes bien soleadas
Para que el sol me derrita y me deslice agua apenas por la hendija
Y a tu lado, mi hecho espera, solitario ahora,
Que volvamos a la risa y a las flores
Y a escuchar ópera en las noches
Y a decirnos aún de tantas cosas
Que nos quedaron prendidas a la vida.
Pero dime, por favor, cómo rehago
El fulgor de las estrellas nocturnales
Y detengo el manantial de mis dolores
Amor de mi vida, compañero.
O cómo me voy corriendo tras tus huellas
Y jadeante me entrego entre tus brazos
Para no dejarte nunca, nunca.
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