Quisiera extender mi carne
como una sábana blanca
en la playa desmayada,
mientras las alas de cientos de pájaros
cubren y besan esta sangre dolorida.
Quisiera sentir el mar como nunca
bien dentro de mí, y danzar extasiada
entre juegos alucinantes de luz y de corales.
Quisiera un compañero fragante,
con aroma de ámbar y misterio,
luciendo brillante, lentejuelas en los ojos
donde el cosmos parpadee;
que prodigue mil besos
y con ellos recame mi piel
haciendo crujir la vida entera de gozo.
Quisiera poseer un abismo
para tirar dentro hasta perderlas,
la ignorancia y las quimeras,
la desesperación impotente,
y aquel desgarrado aullido que intenta escapar
para ser él mismo, y no lo dejan.
Quisiera preservar los días de canela,
los días con aroma a pan fresco, sol y tierra,
el amor de los hijos, mi alma, mi fuerza,
y la sal de esa lágrima derramada en ausencia.
Quisiera conservar para siempre
el maravilloso poder de crear magia y belleza,
las noches profundas cantadas en las venas,
y al que con supremo arte descubrió tantas melodías
en mi cuerpo, hecho guitarra un día...
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