Sueño de una noche de verano.
Cuando el sol ya se metía,
por fin ya nada les mentía:
El viento los cubría con su pálido rubor
Y su miedos se perdían en su cundo resplandor.
Algo vago derramaba una blanca omnipresencia:
Algo simple que ignoraba que lo eterno es demencia
y le ofrecía flores llanas al amor por su clemencia.
Esa nube con esencia,
Se extendía por mil leguas,
Enturbiando corazones en su pálida dolencia
Y olvidándolos en sones eternales de potencia.
La yema de los dedos
Rozando el infinito,
Los rehiletes daban credos,
Y las llamas de sus egos refundaban otro mito
Tan solos… Corazones-cuervos
inundando el aguacil de los recuerdos.
Ahí, el brebaje que bebían,
Les subía a la cabeza,
sábila que estremecían,
como chamanes que rezan.
Tan solo girasoles cuerdos,
Nadando en aserrines de reencuentros.
Y la espuma que jugaban, les hacia admirar
Las burbujas que volaban, como el sueño de la mar.
Eran niños inconscientes,
Pobres locos inocentes…
Y eran besos verdaderos,
Que mil sueños más sinceros,
Los secretos de sus mentes,
Volvían evidentes.
Y, como todos los albatros
que persiguen la verdad,
Se olvidaban de lo atroz
y de su hija realidad.
Y, como todos los armados
Sin alguna potestad,
Combatían enamorados
De la clara inmensidad.
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