Un vaho sinuoso la envuelve, adormeciendo el pensamiento: retorna la complicidad de la piel.
"Mete los dedos en tus repliegues húmedos. Será dulce sentir en ti la acritud, la viscosidad del placer -el olor mojado, el olor soso de carne feliz"
"Los dedos se deslizan en la hendija donde la noche se disimula. La noche cae en el corazón, y caída de estrellas surcan la noche en que tu desnudez, como el cielo, está abierta "(1)
En un instante nos absorbe la bestia con su infinito vigor, nos arranca la conciencia, nos despoja. Nos aísla.
Presas de su voluntad, respondemos convulsos, ondulantes, voluptuosos, la mente girando alrededor del cuerpo desnudo, los dedos sumergidos, la humedad, orugas agónicas, bocas sedientas de encuentros.
En el último acto se estremece el universo: crece el vértigo, nos hundimos al fondo de la noche: la forma primigenia que hemos sido escapa: nosotros con ella: ardientes, estallando liberados.
El despertar surge con una mezcla de satisfacción y culpa. Contemplamos en silencio, con cierto asombro, las señales entre las piernas: el blanco reposo que resultamos al final.
Entonces la carne se cubre: es la otra cara de la moneda.
El gemido febril que todavía retumba entre nuestras sienes, vuelve a transformarse en palabras: es así que la voz se disfraza...
II
Quizás por las presiones que sobre nosotros ejerce el mundo exterior la sensibilidad se agota y entumece al punto de la angustia: poco a poco el sentimiento de lo absurdo de todas las cosas y el desinterés acometen todos nuestros actos diarios. Podemos tener la certeza de que la cotidianidad pertenece a la vida y, sin embargo, no podemos evitar sentir que algo nos falta: no podemos hallar el sentido de vivir sin eso; ni encontrarnos.
En medio de la neurosis, el obstinamiento, la asfixia diaria del hombre urbano, la perspectiva del significado de la vida se pierde. "El cumplimiento de una ley natural", la idea de un grano de arena brillando de cara al sol, el movimiento mismo de nuestro cuerpo, nos asombra y nos maravilla, es verdad. No, sin embargo, la constante lucha (estéril las más de las veces) que sostenemos en un medio hostil a lo humano.
El amor es la salida posible.
Lo extraordinario; la aventura nos salva del embotamiento que vivimos. Pero el amor es nuestro centro: regenera los sentidos: se transforma en la acción liberadora que re-edifica la visión del mundo.
¿No presentimos el amor en cada cosa creada, tan perfecta en sus dimensiones? ¿La naturaleza que nos rodea y nos constituye no nos lleva a pensar en ese misterio?
Sí; podemos pensar en el amor como la fuerza impulsadora del cosmos. Una ley natural que nos asombra, nos estremece y nos induce a buscarla siempre.
Si somos parte del universo ilimitado, ¿no deberíamos sentir la dicha de sabernos dentro de ese misterio: cumplidores y re-creadores de esta ley?
En nuestra pretensión omnipotente tratamos de negarla, no obstante, diciendo que es una cursilada considerarla en nuestra existencia. Enredamos los hilos con nuestro pensamiento hasta convertirlos en una maraña de frustración y sentimiento de pérdida.
En el fondo continuamos buscando la esencia de nuestra naturaleza, apoyándonos en la invención de alguna deidad casi humana, como en un constante desvarío intelectual: ¡El solo hecho de ser entidades individuales es Amor! Ego: malvezado; mal interpretado, de acuerdo; pero siempre amor...
III
Bataille asevera que el placer "es el fondo de las cosas".
Todo aquello que hacemos espontáneamente nos causa placer. La búsqueda, pese a lo que cueste, es placentera. Sentir el asombro en torno al misterio que nos rodea, nos place...
El amor no es menos: amalgama de deseo, voluptuosidad, angustia; pero sobre todo, placer; inclusive en el dolor que nos provoca el imposible. Son elementos que van juntos y sin los cuales podría perder vitalidad.
En nuestro medio, el amor da la impresión de "sacarnos de este mundo"; nos hundimos, por decirlo así, en una dolencia del espíritu.
En su primer movimiento buscamos su fin, es decir, la consecución del placer; y en ese trayecto sufrimos la angustia de someternos a un juego dolorosamente divino.
(No es tan sencillo interpretar. No obstante, estas palabras tienen el sentido del placer de escribirlas).
El amor, en su primer movimiento, es una suerte de locura: en este sentido, amamos en la medida del placer no satisfecho.
El deseo, la búsqueda del placer y el amor, tienen casi la misma voz: de hecho se complementan.
"Los amantes se encuentran en la condición de desgarrarse. Uno y otro tienen sed de sufrir. El deseo debe desear en ellos lo imposible. Si no el deseo se saciaría, el deseo moriría"(1)
No parece ser falacia.
Quisiera pensar que el amor de los amantes es lo más profundo del amor. El amor buscado.
Podemos amar a los hijos, a los padres, a los amigos. Pero no hay comparación en cuanto a éxtasis se refiere.
Un amante ve en el otro el espejo que lo refleja. Mejor dicho: ve en el otro lo que desea ver reflejado. Esto es, precisamente, el encantamiento del amor. Mientras la ilusión del espejo persista el objeto del amor será deseado. Repitiendo la frase de Ortega y Gasset"no es que el amor yerre a veces, sino que es, por esencia, un error"(2).
Conseguir la saciedad del deseo, consumar el placer (en todos los sentidos anhelados) produce al final un sentimiento de frustración y vacío: "dicho de otro modo, no tenemos posibilidad más que de lo imposible".
El hecho social de consumar el amor, mediante un ritual como el matrimonio o la vida de pareja, aniquila con el tiempo esa capacidad de sentir al otro con la intensidad del principio: quizás porque las cualidades "vistas" en el otro se desvanecen con el paso de la realidad: el conocimiento real del otro con sus vicios, virtudes, manías, exasperaciones...; el cansancio de lo compartido, la negación de la libertad interior; el hecho de que el amor queda al final de la enorme lista de responsabilidades...; todo parece causa de destrucción del sentimiento, causa de embotamiento, del sentido de pérdida... Entonces, finalmente, seremos búsqueda, porque se trata del deseo de re-encontrar la vida...
En la relación formal de pareja subsiste el cariño: "mucha simpatía, adhesión, fidelidad", costumbre. Pero no-entrega, no-encantamiento...
El amor requiere de la pasión y de la agonía para sobrevivir. Y cuando existe embotamiento, la capacidad de crear se anula. Necesitamos sentir la angustia de desear la saciedad del deseo, para lograr crear.
Bataille afirma que "el amor es la nostalgia de la muerte". Pero esa nostalgia "es el movimiento en que la muerte es superada". El acto de amar, de desear el objeto del amor, así como el acto de escribir como una experiencia vital, es similar a la muerte superada siempre por la esperanza de alcanzar lo deseado, por el hecho de sentirnos profundamente vivos allí, donde el desgarro cotidiano nos consume.
Decir qué es el amor se lo dejamos al misterio.
Pero es innegable la necesidad de ello. Innegable el placer de la lucha por encontrarlo más allá de nuestra soberbia al desear dominarlo: mientras intentar alcanzarlo sea eso -lontananza: horizonte- sentiremos la esencia de la vida.