Sólo a ti, sólo a mí debe importar el que hayamos sido mariposas infernales, jaguares cobardes, nobles reyes de tierras perdidas, hombres y mujeres, extraños solitarios y sencillos Me tranquiliza pensar que por tu parte, has llegado a cargar tantos años como es posible, para vigilar si la rueda de las apariencias va moviéndose entre el amor y el miedo de las almas a velocidades desiguales.
En esta mi noche vienes a contarme que cada una ha elegido cuán extensas habrían de ser sus búsquedas, en cierto número de cuerpos, para poder sonreír próximas a la venida del ocaso, de modo perfecto con el sol del destino.
Libre del tiempo y todas las palabras que representan las cosas en uno de nuestros mundos, te has convertido a la vez en montaña, pez dorado, árbol y río; en lo que ayer existió, en este paisaje que existe y todo aquello que será cuando se desvanezcan mis desdichas con el abrazo nuevo o viejo de la mañana.
Cierro con fuerza los ojos y fiel a tus merecidos hallazgos, permaneces impávido, sentado a la mesa de los dioses, aunque no seas un famoso iluminado ni hayas escrito tratado alguno que propagara tu doctrina de paz eterna.
Estás allí porque has vivido extasiado en el dolor profundo, como en abundante fortuna, y gracias a tus transformaciones conociste a fondo la hermosa estrella que eres; simplemente, sin esforzarte sueñas mi vida y puedes decidir a tu voluntad los respiros del universo entero.
Es posible que tu esencia esté en el viento que recorre en orden mi última figura, pobre y viajera, que con tristeza tus guardianes de luz observan cruzando las rocas del valle de la muerte.
Tienes todo para dar y nada enseñas, no detienes mi llanto, porque no es el saber la condición que me acerca a tu sabiduría celeste, sino ser consciente de mis guerras conquistadas, mis peores caídas; mis emociones más transparentes, esas que marcan con un beso en tu frente, la dirección que mientras escribo va tomando mi camino.
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