Esta noche recordé a mis viejos amigos,
viejos como las páginas amarillentas
de mis primeros cuadernos de apuntes;
es gracioso, pero perdí ambas cosas,
o tal vez fue un descuido, una negligencia,
y es que la amistad sólo es un concepto adolescente
que fenece conforme uno va creciendo.
He tenido tantos amigos
pero a la vez tan pocos,
que al escribir sobre ellos
sólo elucubraría reminiscencias redundantes
matizadas de nostalgia, de decepción,
de coraje.
Tal vez no sepa cultivar amistades,
tal vez las cosecho demasiado aprisa,
como si presintiera avecinarse alguna borrasca
dentro de nuestras experiencias.
Esta noche reafirmaré mi pacto con la soledad,
lanzaré al viento los recuerdos,
al tacho los arrepentimientos,
a la mierda los sentimientos
He tenido tantos amigos,
pero a la vez tan pocas amigas;
y es que me resulta extraño concebir tal dualidad.
Las que tuve, no existen más;
quizás sucumbieron a mi cruda sinceridad
o fantasearon algún ardid sentimental
en medio de tan portentosa empatía.
Sí, así funciona la vida,
emitiendo y percibiendo información errada,
explorando las entrañas del mundo
por encontrar a alguien que te entienda,
que al menos trate de comprender;
pero nunca se tiene lo que se quiere.
¿O es que no he bregado lo suficiente?
¡Carajo, cincuenta años vividos en veintiocho
y sigo volviendo al punto de partida!
La amistad no existe, al menos la verdadera,
tal fue la sentencia vaticinada hace años,
cuando tenía alguien con quien hablar.
Ahora, sin amigos ni amigas,
la vida me abre sus piernas con lascivia,
me incita a recorrer nuevos campos
sin preocuparme en el cultivo,
sólo en la cosecha.
¡Qué me importan los nuevos amigos que vengan!
Tengo una coraza de sílice contra decepciones.
¡Qué me interesa que vuelvan los viejos amigos!
Ya nada puede herirme como antes.
Esta noche, recordando tanta nimiedad absurda,
he aprendido que la vida es una sumatoria de experiencias,
unas veces agradables y otras no,
pero jamás buenas o malas;
hace mucho dejé de razonar como infante.
Y, ahora que la soledad se sienta a mi mesa
para bebernos todo el oporto del mundo
y me sume en cavilaciones introspectivas,
creo saber porqué he perdido a todas mis amistades.
Ni siquiera tengo enemigos,
sólo gente resentida
tanto conmigo, como consigo misma.
En fin, brindemos, soledad,
que el tiempo se astille o se emborrache esta noche
para que no se mueva de esa silla;
no quiero soñar recuerdos, sino proyectos;
no quiero despertar bajo un ardiente sol
y percatarme que he regresado a la partida otra vez.
No quiero amistades, ya no más;
sólo trazaré una línea de aquí al infinito
y la recorreré de cabo a rabo,
esta vez sin bifurcaciones,
sin recuerdos ni lamentaciones.
Carlos Aurelio Díaz Enciso
|
Imprimir |
Enviar poema |
