poema en prosa, historia en poema

Categoría(s): poema en prosa
“Entre un orgasmo y un empleo”

 

No lo entiendo... ¿A tal grado me conoces para decir que no lo entiendo? Me resulta ridícula tu postura de mujer madura; ¿por qué no lo dices bien? Tienes miedo: terror de pasar una vida a lado de un bohemio, de un poeta que no te ofrece lujos, pero sí joyas; que no te ofrece techo, pero sí abrigo. De cualquier manera sólo viste las formas; no pasaste, ni siquiera, la tercera prueba. Está bien, no es fácil arrancarle una hija a la naturaleza, mejor dicho a la vanidad. Como lo dije en una de muchas cartas que no leerás, no se trataba de pasar una vida conmigo, sino de una muerte.

 

Ha pasado un haz de tiempo entre nosotros y pienso en ti, como una mujer que se estremece, que prensa en sus dientes orgullosos la palabra que pudo haber cambiado la historia; que convulsionada mira convencida en el espejo que lo que necesita no es amor sino dinero;  que con dolor pone sus manos en sus senos y llora la sensación de no sentir nada; y pienso en ti, de ésta y de otras muchas maneras; siempre como una mujer que pudo ser mujer pero que no atrevió a amar después de entregar su alma.

 

Quisiera entenderlo. Tal vez sí lo entiendo, pero es tan ridículo que me parece incomprensible. Nunca quise necesitarte, es decir, que te extraño, que te quiero; porque únicamente se extraña lo que se necesita y se necesita lo que se quiere. Te necesito, quizá porque simplemente necesito querer y te extraño; porque si no se extraña a nadie, no se necesita nada; y si no se necesita nada, no se quiere a nadie y se esta bien. Y, ¿quién quiere estar bien? Al menos te necesito como la Muerte que nos vio nacer. Ahí, parada, sin hacer nada. No sé, es esta necesidad de que mi aliento de vía láctea ocupe el lugar que en tu sangre ha hecho espacio. Esta necesidad de que mi olfato recorra tus aromas vibrando; que tus sudores lluevan en mi cuarto, en mi tierra, donde las muertas cenizas como semillas, esperan tu húmedo desprendimiento. Esta necesidad de que mis ojos se claven en tu imaginación de virgen; necesidad de untarte con mi baba de dragón de komodo. Y entonces sí: morirnos juntos.

 

Cómo puedo ayudarte. ¡Te metiste en graves problemas!, Severos, muy muy severos, por ti tengo miedo. Lo cruento es que no te das cuenta, tal vez eso te pueda salvar, ser amparada por tu ignorancia; pero quién sabe, tal vez aprendas algo y te des cuenta del grave problema en el que caminas mostrando tus miserias. Eres cruel, es tu ingenuidad una tiránica hosquedad. Si fueras un poco amable, tal vez te podría ayudar. Mira: llueven estertores; la lapidación de tu sentencia amerita tregua. No es suficiente con permanecer de pie, tu ironía será mi arma más sutil. Vale la pena sentir que me has dejado, eso me ilumina en los resquicios que se pronuncian ansiosos. Tendré, sin otra alternativa, que terminar en tu conciencia.

 

Otra hora más en la oscura boca seca de mis sueños. Te soñé, ¿qué querrá decir esto? No me atrevo a pasar desapercibido entre mis espejos, soy yo el que aterra a mis fantasmas, por eso tratas de olvidarme, a mí no me perjudica recordarte. Es esa aguda mancha de cariño la que estremecido hace llorar. Enfermaste, mira en el espejo esa oscura mancha de cariño que se pronuncia soberbia en tu rostro empequeñecido; me preocupas, siento que mueres, estás muriéndome; te ves demacrada, despojada de toda epidérmica caricia ¿y qué puedo hacer? Te me estás muriendo, te estás haciendo fea, caricaturesca, satírica, grotesca, tal vez ya estás muerta y te estás pudriendo, si supiera que hacer te ayudaba. Mi buena fe no se acaba. De lo preocupado que estoy terriblemente me duelen las glándulas, estoy más que tenso. Todo por una amorosa causa no efectuada, un mitin no celebrado. A otros les duelen los huevos, a mí los chacras.  Tal vez esto quiera decir que mi preocupación es una tensión espiritual y no sexual.

 

Ya es necesidad de la garganta dejar salir a la gárgola que no ha cuidado bien el templo que se le encomendó. ¡Necesito una mujer y una botella de tequila! Necesito olvidar mis penas, como los míticos borrachos que aprovechan cualquier pretexto para llorar o reír siempre que sea con la botella en la mano y en la boca el trago. Necesito una mujer en mi cama diciéndome, eres tú, y yo nombrándola con tu nombre. Necesito olvidar mis penas mientras las exprimo, aún las que ya están secas. No sé, deliro entre esquizofrénicas paredes que multiplican las esquinas y no hay más que dar vuelta y encontrarme otra vez con los espejos.

 

Luego, por qué termina uno de misógino, todo recomienza donde termina el amor. No esperaste a guardar luto, te comía la jiribilla de las nalgas, la comezón del alma. Te dejé la boca seca, ¿verdad?  Sin embargo, no niego que me duele. ¡Que me revuelco como un burro en la tierra, como un niño berrinchudo, chillándolo todo, pegándole al piso, a las paredes como si les doliera! Me duele mucho, casi quisiera odiarte pero no me atrevo, qué tal si en una de esas terminas extrañándome y regresas; lo nuestro no fue cualquier cosa. Aún sigo masticando tus sabores y antes de claudicar, tendré que estar seco hasta el tuétano.

 

Soñé con un jardín secreto regado por la luna, como mi semen bañando tu sexo, ablucionándolo del mundo ¿y ahora qué va ha pasar? Espero, con mucho afecto, que no sea como una fosa esperando sólo su cadáver, con sus gusanos perpetuando la vida, ¿qué va ha pasar? El día aquel, que conocí tu originalidad, que mostraste tu súper inteligencia, diciéndome: “lo siento mucho Amor, pero no eres el hombre de mi vida, tienes una gran alma, pero yo no necesito amor” había eclipse, parece una coincidencia. Yo, en vez de ponerme como energúmeno fui tranquilo, solemne y, por supuesto, “caballero.” Tú, insegura de tu decisión, nerviosa, perturbada, irrisoria en tus maneras y en tus palabras; parecías más una penitente, haciendo gestos, quejándote en las entrañas. Aún te observo rígida como medio día, bien sentada, bien plantada, quebrándote la espalda, doblándote ante las palabras exactas del poeta, resistiendo inútilmente, llevándote las manos al cuerpo como queriéndote arrancar un dolor mientras te escucho decir: “¡no sigas Amor, no sigas! ¡Aaaay!” Y luego otra vez tus gestos, tus rictus contra rictus mientras mantenías tus manos en las entrañas: -¡no sigas por favor, no sigas!- No imaginé que las palabras se sintieran tanto. Tus gestos develaron una lucha edénica entre un orgasmo y un empleo. Me dan ganas de llorar, llorar espeso y lodoso, de llorar hasta llorarme de pensar que te arrodillaste ante lo fácil. No sé qué tanto nos afecto aquel eclipse, ya son algunos meses desde el capricho astronómico.

 

Mi sol, afila navajas, tu luna se abre el pecho, es tiempo del sacrificio.

 

Ayer fumamos nuestro cuerpo piel a piel sin dejarnos caer... Antes, caminé por barrios de meretrices buscándote; escuché canciones para morir borracho, entre el humo de pieles que avisaron tu aproximación, escuché tus pasos acompañados de afrodisíacas palabras. Estabas junto a mí. Inocentemente me sentí listo para entregarme, y así lo hice y sin darme cuenta: fumé tu cuerpo de tabaco virgen, tu piel fumé con mi piel. Y ayer, después de algún tiempo, no importa, mucho o poco es el mismo, abracé tu cuerpo delgado  sintiendo el alma en nuestro abrazo; bailé mis fiestas en las pistas de tus ojos, estremecí mi aliento para contenerte más. Te entregué mi piel para fumarte, para abrazarte, por lo redondo y cuadrado de la caricia, para sentir la carne y el alma viva. Mi Sol afila navajas...

 

Ayer, antes de partir nos desnudamos de los que somos para ser nosotros, los otros, los sin nombre, los de ayer, los de siempre, los que soy y ya no eres. Hablaste sin hablar; soñaste sin dormir; creíste en la eternidad, como una ciega fanática, pensaste que tus alas saldrían negras, pero el amor no mal forma, y sin embargo, no fuiste más allá. Miré tus ojos de libélula y descubrí el lugar donde escondías un ala. Te nombraría GranDiosa alada que te hiciste pasar por mortal; pero eres mortal que te hiciste pasar por Diosa, ya no me importa, aunque te extrañe.

 

Escucho el soundtrack del día; es la exacta música para vestirse de ausencia y de silencio y decir que eres mía y pensar como actor y director, no importa que canción o melodía o silencio esté de fondo, todo es parte de la ambientación de esta película; la otra vez escuche tu desesperación, te habías enamorado y no puede ser posible en ti. La muerte asecha a cada paso, en tu voz se esconde su voz y dices palabras que pegan como el hambre. Qué fortuna tener un poema para saciarme.
Ayer te abracé y sentí tu miedo, como víctima de un depredador que huele a su presa, la mira a los ojos la huele y la sospecha. Eso sentí. Tal vez sí me precipité contigo y te devoré súbitamente. Ahora que eres una imitación de ti; ahora que ya no eres tú. No tengas miedo. Sé que mortalmente es poco tiempo, más cuando se tiene prisa por la eternidad, prisa por todo con todo y su nada, no se le puede tener miedo ya a la muerte y se podrá distinguir entre lo abyecto y lo sublime. Podrás ser tú otra vez, otra vez tú mi Mujer. Sólo dime, acércate y dime a qué le prendo fuego. Lo siento, no fue mi intención hacerte esto ¡no me abandones que también soy cuerpo! Te extraño, es decir te desconozco, me haces falta y no sé quién eres. Haz incendiado en mí el deseo de olvidarte, de extrañarte tanto que signifique que aún no haz llegado, que eres lejana, un deseo de poema que nunca ha sido y que nunca será. Por qué preguntarme si piensas en mí, tal vez ya no piensas y sólo sientes y eso me aterra, me aterra más que me olvides a que yo te olvide.

 

Asomo la mirada al espacio que acostumbraste para verme y espero verte entrar como la primera vez, dispuesta a todo. Y entrar a tu alma, mi retiro mi  santuario, alianza de mi mortalidad con tu eternidad. Me sorprende todo lo que hicimos, te di fuerza para soportarlo y creí que lo ibas a lograr. Derrumbamos puertas, el amor hizo en nosotros lo que hizo con nosotros. Todo se evaporó, se rompió, se incendió; todo me lo fumé, ahora tú trágate mi corazón mientras late, mientras el llanto vive silencioso, asechando, agazapado tras la belleza.

 

Mi sol afila navajas, tu luna se abre el pecho, es tiempo del sacrificio, del santo oficio que me ocupa hoy.  —Prepárate—.

 

Tengo que recogerme de tus brazos, de tus entrañas maltratadas. Quisiera quedarme ahí hasta el fin de tu vida, tal vez es el fin de tu vida y por eso vengo a recogerme. Voy por cada uno de mis huesos, con los mismos que toque el son de tu espíritu. Voy por mi carne, la misma que masticaste con desenfreno y deseo... Ah! Con qué te quedarás después de vaciar mi sangre que yace aún en ti...

 

Cómo decirle a tu macho en turno, ¿afortunado, o desgraciado? Por favor mujer, ya no juegues con el alma de los ciegos, cada vez que lo haces, abres puertas y dejas salir a la bestia. Recuerda que los ciegos la necesitan para andar. Si sigues así, un día te vas a sentir hueca, fatua, vacía y la madre muerte no te querrá abrazar en su seno, tendrás que ir en busca de tu nahual extraviado, pedirle perdón, y dime, ¿con qué lágrimas lo vas a hacer? Tendrás, también, de algún modo, que regresarles los ojos a las almas con las que te divertiste.

 

Pobre de tu macho en turno. No se ha dado cuenta, tal vez. ¿O es un temerario kamikaze? De cualquier modo, pobre de él, se verá poseído por tus artes recién aprendidas de fornicar como una Puta. -¿Te acuerdas? Cuando leíste en la pared de mi recámara, un verso de Octavio Paz “déjame ser tu puta” puedo verte aún inclinando la cabeza levemente a tu lado izquierdo, sonriendo pícara, con mirada ingenua diciéndome con alta ternura “Amor” y repitiendo deliciosamente, como pidiendo permiso con dulzura misericordiosa, “déjame ser tu puta, ¿sí? déjame ser tu puta.”- Desde entonces lo aprendiste todo, recuerdo que no sabías suspirar, me di cuenta la ocasión en que mientras tenías la boca llena con mi carne, estabas ahogándote por suspirar en ese instante, pero a los pocos minutos, ya sabías hacer varias cosas a la vez. Pobre de tu macho, cuantas cosas aprendiste, y ahora tú le vas a enseñar. No conozco tu fase de maestra, pero serás buena, una perversa buena, aunque los dejes encabronados, ciegos y locos.

 

Me recuerdas al coronel infractor que ante la comisión de justicia  es despojado de las insignias que orgullosamente ostentaba. ¡Vengo a recogerme de tus brazos, vengo a recoger cada uno de mis huesos; la sangre de la muerte son los huesos de la vida y vengo por todo! Ojala encuentres a tu hombre, quiero decir, que me has perdido y tendrás que buscarme. No hay otra manera de que sean las cosas. La causa es perfecta, los efectos son insondables. Por tal motivo soy así: esencial, amorfo, amor más allá de nuestros cuerpos, más allá de los espejos que multiplican las fantasías. ¿Qué aprendiste de todo esto? Seguramente te quedas con un gran poder, y podrás poseer a cualquiera “pobrecitos de ellos” podrás poseerlos, pero jamás te sentirás poseída.

 

Los he visto oscuros muy tristes. Caminan con los hombros al suelo, caminan con la mirada hincada, caminan rumbo a ninguna parte dejándolo todo que no es nada, pobre de la sombra de ellos, van con su muerte frustrada. Pobres caminantes, serán devorados por tus fauces de esclava.

 

De tu pecho brota sangre...

 

Ya casi es plenilunio y no sabes de qué manera me resisto a guardar silencio. Cómo te explico que el amor puede ser guerrillero pero no mercenario. Me muerdo las ganas de buscarte, sabes que necesito hablarte; no lo haré, es simple, ésta vez no me toca a mí. Si dices que tenemos destinos antípodas, tal vez estaré de acuerdo contigo, sólo que yo construyo el mío, y el tuyo, tu destino, te hace a ti; sentirás en cualquier instante moverse tu deseo rumbo al mío, no querrás decir nada, querrás, como de costumbre, obedecer a tu impulso y tal vez ya no esté ahí.

 

Nombro una fuerza. Te invoco desde las profundidades, desde el oscuro laberinto que contiene tu nombre. Te invoco, quiero verte, quiero comprenderte, prenderme de ti, contemplarte, estar dentro de tu templo. Quiero que estés conmigo, te invoco, es una fuerza, una magneticidad más allá de cualquier ley. Ven. Desespérate mientras espero, así que no tardes. Ven, quiero amarte.

 

A veces despierto con el corazón hinchado, exagerado, con unas ganas bárbaras de amar; con el espíritu acongojado, acurrucado en mi nostalgia nada más. Trato de abrazarme con mis propios brazos, pero hay partes del cuerpo que no alcanzo: ¿cómo abrazarme, cómo besar mis propios labios? Mirar en el espejo el reflejo seco de mis ojos es sádico, es demasiado áspero; tratar de abrazarme, de cubrirme con mis propios brazos, es engañarme. ¿Cómo tratar de sustituirte? No es posible, no hay otra piel, no hay otra luna. Sólo la tuya: tu piel, tu luna. Hay que amar hasta quedarse secos, desabridos, hasta chuparnos en besos el mismo tuétano, hasta molernos en caricias los huesos, hasta ser polvo del polvo, hasta no haber más, hasta nunca más...

 

Amar es emanciparse de la ignorancia, de saber que no somos únicamente cuerpo, de abandonarse de uno mismo y encontrarse en los otros. Por eso fuimos lo que nunca seremos: seres ajenos a nosotros mismos. Después de hablar y guardar silencio me falta comunicarte algo esencial: “Yo no te necesito, de hecho sólo existes en mi imaginación, eres sólo un recurso literario, una muñeca de mamá, una ilusión aferrada a mi memoria.  Eres la parte oscura de mí, mi pandemónium, en ti se congregan todos mis demonios; en ti, la paz es posible y, sin embargo...

 

Se sofoca mi espíritu. Contenerte un instante más me va a matar, escucho tu voz: lejana caricia, nostálgico tacto irrepetible. Cómo puedo irte a buscar si te contengo, si yo me dije no te necesito, si te quiero sin quererte, pero cierto, no lo he querido ver. Te amo con todo mi odio.

Jorge Contreras Herrera

Regístrarte y comentar el poema

Imprimir

Enviar poema
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Preguntas frecuentes    -     Anunciar    -     Publicar poemas
Nuestra red: Adelgazar sin trucos