Los geranios mueren debajo de los cristales como si fueran sabandijas (de esas que silban por las noches en las enredaderas de la ventana y se escabullen por las grietas de las paredes),
la luna se levanta detrás de unos matorrales despeinados sobre la cresta de un cerro, prendida de un hilo de gasa con su falda de encajes al vuelo (¿alguien ve lo que hay debajo?), mientras la tierra abre su útero de rocas y raíces para dejar salir su ira en un grito de sirena disecada.
En un rincón se ha aventurado una oración, alguien dice secretos en las esquinas de los santuarios, mientras la llama de los cirios oscilan como seductoras odaliscas,
debajo de los santos de yeso hay escondido algo innombrable, debajo de los altares se alienta una burbuja de sangre, ante un santuario oscuro donde se han mudado las sombras de los pájaros hierven los campanarios del desprecio, mientras las gárgolas derraman lágrimas sobre la baldosa y las huellas de los acólitos recién dibujadas por unos pasos tambaleantes son barridas por el viento.
El cielo es un circuito sin diagramas, la noche lo viste de azul tan solo sobre nosotros (en otro planeta o en otra galaxia ha de ser marrón, granate, beige o amarillo), en tanto, debajo de la arena se adormecen los caracoles y los minúsculos quebrantadores de la piedad.
Miedo tienen los niños y las mujeres, miedo el hombre que barre la plaza donde caen los desperdicios de la mañana, nadie había advertido la soledad de los crepúsculos después de la lluvia, nadie intuye la desolación de las estatuas con su mirada obnubilada por el bronce y sus delirios cósmicos.
Una mano aprieta un cuello en un cuchitril (asesino de espantapájaros y de muñecas), unos ojos saltan de sus órbitas y los cuchillos arden en la niebla al ser redimidos los silencios de las libélulas desnudas.
El mayor terror es la quietud, ese silencio de las hormigas cuando ascienden por los roperos de las adolescentes, escondidas de sus padres al sentir el estremecimiento de la sangre durante el abrazo,
el aire entre los pétalos abiertos tiene dientes de perro rabioso, la caída de pedruscos sobre el terciopelo de la tarde, la sinfonía de la lluvia, el ardor de los deseos agobiados ante las fuentes sin agua ensoberbece los cuadrantes de los cuadrumanos que contemplan las lianas y los hipocondrios de la selva alumbrados por la mirada del ave que reside en las nubes.
Lejos de allí, los sacerdotes han fumado marihuana (crepita la exhalación del humo, la risita bobalicona resuena en los pasillos del monasterio), el vino ha pasado de moda, ni dios ni el diablo (los dos endriagos mayores de la imaginación y las pesadillas) se acercan a estos reductos de inocuidad y farsas, prefieren las heridas sangrantes, los grandes alaridos de los maniáticos para expresar su presencia, en tanto puedan asomarse al balcón con una flor marchita en las manos.
La espiral del tiempo se pierde entre los abismos estelares, allí no hay palacios ni tiendas, no hay aposentos ni lupanares, tan solo frío y vacío, alocuciones mal escritas por las manos de los virus sin rostro.
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