Anémonas de viento sobre crisálidas
Buscarán
tiempo, silencios íntimos
Cuando duerman ante abismos
Chubasco, pertinaz llovizna
Diseminada sobre la tarde cenagosa
En el instante de la ruptura
Feroces
animales rasgarán capullos
Girarán en tinieblas de cristal
Habrán de seguir siniestra peregrinación
Insolentes cenizas y alaridos de mar
Jofainas oxidadas
Hecatombe de sepulturas
Lémures y sombras
Lluvia sobre flores y sombras
Mientras el orbe sucumbe al embate de las tropas del aire
Nadie escribirá nombre sobre pedernal
Ñiñaques sílabas, torpes acentos
Océanos agitados por el dios moribundo
Perdido en su sepulcro para siempre,
Quieto después del último aullido del átomo
Raro fulgor de astro en vacío
Sin su constelación
Toda luz contagiada de tristeza
Unida por eslabones en remolino sombrío
Viajará por la eternidad, por rústicos pabellones
Xenofóbica liturgia, de rodillas en la espuma
Ya no escucharán cantos, ni profecías
Zafadura de permanente presencia en los perdidos folios.
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