


| Escritor: | satelite |
| Públicado: | 15/02/2008 |
Camina, y camina cuesta abajo. Le agrada mucho la sutil pendiente, no por cuestiones de vagancia, es sólo que puede sentir en cada paso, en cada pie, su peso. Su peso en el piso, el sentir del piso de su peso. Cada paso, cada trozo de recorrido es para él, hacer que el suelo mismo tiemble ante su presencia. Llega a la esquina y observa, y una cortina de suave gris transparente aparece ante él por unos instantes, al momento de exhalar. Son montañas, azules, violetas, grises; nubes; cielo; blancas, celeste, azul, grises...
Dulce. Dulce el conjunto, algo mentolado, al menos el momento. Piensa. Mira y piensa. Sobre todo en lo mentolado del momento, y en cómo el momento se va volviendo fresco. Fresco y ventoso (si es que es así). Con una brisa liviana, que se ve celeste y se huele azul, que, según piensa, al fin y al cabo son lo mismo.
Hace un rato escuchaba a los otros. Los mira, los piensa, pero siempre termina sin entenderlos. Siempre no escucha sus engranajes internos (los de ellos), es decir, nunca los escucha. A veces se identifica con ellos, no muchas. Y, en general los acepta porque cree que no podrían ser de otro modo.
En un rato se va a poner a recordar, va a intentar ser un poco más conciente de su peso en el suelo, y seguramente no lo va a lograr.
Mañana, o tal vez otro día que no recuerdo, uno que sea de los ayeres (de nuevo, pero no el término, si es que es así) va a llorar, y va a mentir, siempre suponiendo que posee alguna verdad que ocultar. Ahora se sienta un rato para seguir oliendo tonalidades azules, y, cada tanto teñirlas de gris, como un pintor descuidado que deja sus cuadros a la intemperie. Y cuando mienta, a veces, se va a arrepentir, y después va a pensar que de nada sirve sufrir lo que, aunque hoy es mañana, una vez será ayer, y de ahí por siempre ayer
Se levanta apoyando las manos en el fresco verde y marrón. Fresco y húmedo, porque el cielo y la tierra a veces se extrañan y terminan por abrazarse sin importar quién haya al medio. Incluso a veces, cuando la pasión no se contiene, terminan cogiendo al frente de todos, o con todos entre medio. Él sabe que es así, y sabe que el cielo no podría amar a alguien más porque es simplemente la cara infinita enfrentada a la otra, igual de infinita, que es la tierra. Se levanta, da media vuelta con la vista clavada en uno de los dos amantes, qué importa cuál, y, al dar el primer paso siente cómo es ahora el suelo el que camina desde abajo, sobre la planta de sus pies, que están ahora ellos en bajada. Y tiembla ante su propia levedad.
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