


| Escritor: | Doret |
| Públicado: | 24/10/2008 |
Pasan las horas lentas, como si fuera el rey en el tablero de un ajedrez, sin movimientos, preocupado, vago, pero al mismo tiempo protegido por ser soberano. Con demasiados momentos espontáneos, nostálgicos, al menos para mí. Aunque sacándolo del medio puede que llegue a verme, que por fin pueda atinarme, hallarme en la más tristes de las realidades, pero sola y conmigo misma.
A veces creo que los relojes se detienen para verme, que se encuentran pendientes de mis pesares, de mis pasares, para hacerme recordar que existen, que caminan, y que hasta corren. Debe de ser que estoy muy pendiente del transcurso de las horas, ansiosa por que el olvido llegue, esperando poder mirarlo y seguir creyendo en mí, solamente en mí.
Sorpresas me va regalando el destino, los desatinos, los aciertos, las lágrimas, los descontentos, las risas, el amor, los amigos. Todo ideado para que viva en mí ese deseo de disfrutar de la misma manera el dolor y el consuelo.
Asqueada de tener en cuenta las distancias, de que sean determinables, tan ciertas. Porque lo sigo pensando cerca, y aunque no quiera creerlo, pesa la fuente de sal en mis manos, sal de despedidas con sabor a regaño, con tinte a encierro, a amor, a esperanzas.
Tiempo que nos obsequias más tiempo. Tiempo que no cesas de cantar. Amor que ya no muere nunca en las escaleras. Por mis venas corren desatinados sus pálpitos, porque está cerca, yo no es que me parece, es que existe ahí, sentado frente a mí, como si le debiera algo. Como si nos correspondiera algo.
Imanes tiene su piel, su boca, su hedor, su sudor, el pelo. Todos ellos me llaman a mostrarme brava, ensimismada en su cuerpo, enterrarme en sus labios, como cangrejo, volviendo atrás, justificarlo en sus acciones, cegarme. Todos ellos tienen el poder de acecharme como quieran, de derretirme, de beberme toda, de un solo sorbo.
Empiezo a creer que vivo alrededor de un alea, que me tira la soga, para que siga, o para que me ahorque. Sigo. En pié, como las estatuas griegas, esperando aquello que se llama olvido, capacidad de encuentro con uno mismo.
Moriría sin poder volver, a ser como nunca fui. Él me saco del camino para mostrarme su destino, para venderme y rematar mi amor. Él me roba el tiempo, el suyo se lo guarda en el bolsillo. No convida.
Puedo aun calmar de sed a mi alma, aunque desviada siga, a sus ojos. Mi tiempo nada como un pez en su pecera, perdiendo de vista a la memoria, reproduciendo ignorancia, por ende, felicidad.
Oscilo, entre verlo como un recuerdo, o vivirlo a cada momento vivo, como si estuviera todavía enfrente, despidiéndome una y otra vez con reproches, incestándonos culpas, desapareciendo por días, ansiosos, oportunos. Dejando en manos de los pasatiempos al reloj, el que se detiene, ahora para vernos, solos, tan cobardes.
Doret.-
14-9-08
00:22 hs
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