


| Escritor: | darath |
| Públicado: | 04/09/2008 |
Arrodillado sobre la dura tabla de la Iglesia, con apenas undesgastado cojín para soportar mi peso, escucho la letanía de un hombre tan ajeno a mí como las palabras que pronuncia.
Escucho frases vacías sobre la moral y sobre la vida de unhombre que vivió hace tanto tiempo que ya nadie sabe qué dijo en realidad; sobre lo que cientos de personas, a lo largo del tiempo, han dicho que él dijo.
Escucho la idea de un dios extraño que no alcanzo acomprender. Veo a cientos de personas realizar los mismos gestos, murmurar las mismas incomprendidas frases, levantarse al unísono con igual apatía. Percibo un eco de atención solemne como si tal hubiera existido.
Y mientras el letárgico sermón continúa, te recuerdo.
Recuerdo un beso tuyo mientras las personas de la fila avanzan a recibir un trozo de pan moldeado en circular forma. Un beso que alegra más mi espíritu que una hojuela blanca recibida luego de cuatro vagas palabras.
...Así, mientras la gente regresa a sus asientos a rememorar culpablemente sus pecados, yo recreo en mi mente alegremente los nuestros. Revivo tu piel cerca de la mía, tus labios pegados a los míos como si fuera lo único de lo que pudieran aferrarse. Tu respiración entrecortada que tan dichosamente escuché el día anterior junto a mi oído.
Al final, cuando aquél hombre ataviado de blanco, negro y algún color llamativo interrumpe mi placentero pensamiento al pronunciar las últimas palabras para que todos nos retiremos con la idea de que hemos cumplido el deber espiritual de la semana, mi mente formula una pregunta.
¿Para qué quiero un dios?
Después, otras preguntas acompañan a la primera.
¿Para qué necesito un ser superior que sólo lo es porque así es recreado en la mente de millones de seres humanos constantemente? ¿Qué me da la visita dominical que no me des tú? ¿Paz? ¿Alegría? ¿Consuelo espiritual? ¿Una sensación de deber cumplido al haber ido? ¿La creencia de que me ganaré una vida tranquila cuando la muerte me alcance?
Y a todas las preguntas, la respuesta es la misma.
No.
Ir ahí no me da paz, por el contrario: me provoca disgusto pensar en que seré castigado por todas aquéllas cosas que disfruto hacer contigo. Detesto recordar que eso que tú y yo llamamos amor, ellos lo llaman pecado por el simple hecho de que es alarmante entregarnos fuera de un ritual que de todos modos haremos.
Ir ahí no me provoca alegría. ¿Cómo se atreven a comparar el derroche de alegría que sentimos al estar juntos en comparación con la larga y aburrida hora que gasto en aquél pétreo recinto?
Ir ahí no me da ningún consuelo. Imposible comparar el consuelo de esta vida que recibo en tus brazos o en tus ojos. ¿Cómo se aventuran siquiera a nombrar consuelo espiritual a semejante acto de tedio?
¿Deber cumplido? ¿Acaso tendré algún otro deber que no sea amarte más allá de la razón o la locura? Ellos pretenden imponerme mandamientos argumentándolos como divinos y yo no conozco ser más sagrado que tú. ¿Qué deber puedo sentir hacia algo tan efímero?
Al final, luego de responderme estas preguntas con semejantes argumentos, me doy cuenta que no.
Que no necesito un Dios.
Que teniéndote a ti lo tengo todo; que no hay más religión ni deber que amarte como lo hago; que no hay más Iglesia que tu cuerpo, que no hay más altar que tu lecho y que no hay mayor deidad que tu amor.
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