Miro, retorno al suelo, cielo de mi alma podrida, resucitada en el abrazo de la tuya ternura que me abarca todo el mío poemita. Se me escapan los versos, verbos, palabras, porque tienen que acudir a vos, a la tuya presencia, a alimentar las milongas que nos vas a cantarle antes de que nos durmamos. Llegas a recoveco, canción que ya no me pertenece, canción que ojalá u ojadios serruche los barrotes de la luz, contamine la cobardía de otros. Arrimo entonces mi sombrita a la lejanía de la tuya silueta que recorta el aire intespestuosa como un contorno afilado que apaga los todos otros, que alumbra como una luciérnaga, que yerra el suelo, que me calcina./