Por un río, seguramente de China,
Pasa una caravana de juncos,
Oscuros y silentes como ciertas noches
En la caravana, una mujer anhela un pecho donde recostarse
Y compartir una taza de chocolate caliente.
La luz dorada y rosácea, como la del vientre materno,
Luz de amanecer o de atardecer,
Envuelve todo en su neblina inmarcesible:
Todo se llama nostalgia.
Mas ¿nostalgia de qué?
La tristeza retorna en estos días
Vestida de azul y de amarillo
Y afuera, la lluvia golpetea el agua
Y se cuela por mis persianas
Donde ya la cama se ha humedecido y es fría
Esperándote inútil, fantasiosamente.
Y me resigno a no esperarte en el lecho
Donde, amantes, seríamos dueños del tálamo.
Preferiría escribirte con el hermoso teclado que rebrilla en la penumbra
O, tal vez, en un salón donde me cuentes de tus miedos
Y te cuente yo de los míos
Acurrucados cada cual en su butaca, con una copa de tinto quizá.
Para mí, hueles a canela, no sé por qué.
Hueles a la infancia a ilusión de pastel,
Pero también a la canela fuerte que probé
Hace mil años, en los mercados de Tunicia,
O frente al mar de Cartago.
Entonces, un poco mareada por toda esa mezcla,
Me acercaría a ti sin timidez, y te tocaría, dibujándote el perfil.
No me importa cómo eres, sino lo que reflejas cada instante.
Y si me importa tu angustia o tu tristeza
Es porque sé identificarme con el corazón palpitante del que amo.
Octubre 2007
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