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Un poema disfraza
el antiguo canto de
dioses en luto
al probar, por primera vez,
en los albores de sus almas
el poder de su albedrío
La sed del páramo es
la herencia que persiste
en su descenso como hombres
sin memoria de lo que fue
eterno el peregrinar
en soledad de sus carnes
Erráticos intentos fueron los besos
el lento andar de sus corazones
en pos del Espejo
reconocer una mirada
aún en la distancia el encuentro
Toca el tiempo de escribir
decir, de algún modo
el sufrimiento. Una voz
otra después
entre todas, el mismo llanto
la misma espera
igual anhelo
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