Olores de libros viejos, aulas perfumadas de humedad, olores de cientos de guayabas en el suelo y crayones casi rotos, mesa-bancos a punto de caerse, una puerta que rechina si la tocas, ventanas sin sus vidrios, el verde opaco de ese pizarrón que me enseño a leer. Un maestro llamado Raúl que luego nos dejó, cuatro o cinco árboles de mangos, siempre atentos, siempre verdes; los primeros que te vieron al llegar de vestido blanco de bolitas, creo que rojas o azules o amarillas; que importa si lo que resaltó fueron tus ojos, grandes como mundos, que a mis siete u ocho años me flecharon, por no decir: ¡me arrollaron! Y me autodenominaba enamorado. ¿Cuándo supiste de mí, cuándo me nombraste por primera vez, cuándo nos cruzamos y qué nos dijimos? Te acuerdas, hace siglos ya, ¿verdad? Como me gustaban los nances y tu pelo, como me gustaba jugar al fútbol y pasar por tu casa en aquella bicicleta roja apodada Poderosa, y pasaba para ver si el destino o el buen Dios permitían verte a deshoras de la escuela. No fui un niño precisamente osado, pudo más el miedo al arcabuz fantasma de tu padre que me condenaba al agónico silencio. ¿Cuántos siglos de aquellas cartas?, el momento más esperado de esa infancia, más que navidades juntas; palabras ansiosas por salir, nunca dichas. Nuestro noviazgo, inútilmente secreto, casi todos lo sabían; desde el cura, los vecinos, los maestros, las dos familias, los de arriba y los de abajo. Tantas cosas en seis años y tantas pérdidas en los seis siguientes; Y te perdí y me perdí, uno cambia con el tiempo, sigo advenedizo, no tengo patria; Mientras me siguen gustando los nances y aún tu pelo.