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Entré al bar, solitaria estaba
y a la luz de una vela
moribunda,
ví a la hermosa muchacha que lloraba
acodada en el mostrador,
meditabunda.
¿Lloras un amor que te ha olvidado?
¿Acaso has recibido algún
agravio?
¿o te han hecho algún daño?
¿Solo estás triste? responde niña.
Pero sus labios estaban
sellados.
Al final, alcánzame una copa, le dije
y mientras el licor en
ella vertía,
por su mejilla rodó una lágrima,
que fue a parar en el fondo
de la copa fría.
Bebamos juntos de esta copa amiga,
y compartamos entre
los dos nuestras tristezas,
y al ir acercándola a mis labios,
me detuvo el
envión, con fuerza.
¿La cambio?, me dijo quedamente,
y yo con mi voz un
poco entristecida,
le dije: no la cambies,
que en vez de lágrimas,
veneno he bebido de la copa amarga de la vida,
dejame pués ahora beber
esta copa niña,
y sacarte gota a gota
la tristeza de tus días...
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