La Orestia Invisible IV
Por: Danilo Illanes BUstamante
IV
Tras el vano decurso de la mordedura
(¿de Dios?),
quedó una atroz cicatriz.
Apenas había bebido café, cuando la igniscente culebra
capitaneada por el oro de sus moribundas dunas,
zumbó el dedo gordo, tras perderse en la noche infinita
(de las minas).
Desde entonces, incorporada la sombra al mediodía,
desierto a desierto, guitarra a guitarra,
el frenesí de la urbe subterránea, crece y decrece sus siniestras almas.
Locos y barbados, calicanto y petardos, juntos.
¡Revueltos
!
No le guardo rencor al piano negro de la noche,
pero llevo las constelaciones del espacio en mi mente
como planos arrumados por el tiempo
señalando sus improperios sobre la bicharra de leña, en donde
se calienta el tiesto vacío de mi deseo.
Quizá viejo minero jubilado, oscuro corsario de las conjunciones
que asolado en su puerto de nieve,
recuerda el intenso fragor de las sombras
en el muro piramidal azulárabe de los abruptos abismos siderales.
Nada me pertenece sino la eternidad de la noche.
Voz aguda de ultratumba, almas del prístino deshielo
Al principio era un apartado lugar...
De allí procedo: de la remota imaginación.