Te he visto, muerte, caminar entre nosotros con una flor roja prendida entre los dientes, con el fulgor de sol sobre tu mano anillada de calcio y herrumbre, con un prendedor dorado sobre tu pecho reducido y sangriento, allí donde anida el latido y se estremece la arena.
Despojada de juncos y raíces, sacudida tu piel de mármol del escándalo del polvo y la hojarasca, deslizas sobre las aristas de la planicie abierta y húmeda o el árido planisferio tu secreto y tu ecuación, mientras las grietas se expanden y el fuego se apaga.
Tus cuencas vacías, tus manos desnudas, tus labios marchitos se dibujan contra el paisaje, mientras la masa se mueve en el laberinto del tiempo.
De día cuando el sol esboza las líneas de las cosas y estremece con sus horrores el dolor de la materia bajo la decisiva mirada de las nubes, has rozado con tus falanges el declive de una rosa mecida por el viento en la serenidad de su búcaro, antes de que tu alquimia secreta la conviertan en ceniza o en cristal.
De noche, cuando arden los pebeteros en los ámbitos de sombras, en los pasadizos de hielo y la escarcha cubre con delicadeza las hojas del abedul y las alas del vampiro, pasas en tu carruaje ceñida de tu frente la diadema horrible de la ausencia.
Entonces, la luna se recuesta sobre los arcones de los duendes que adormecidos sueñan con tu silueta de vapor que se desliza entre los rizos de las niñas y los corbatines de los niños en la iglesia o entre el sórdido color artificial del cabello de las damas y el estremecido furor del rostro del hombre que mira el rosado esplendor de la púber que reza.
Te he visto, muerte, entre los viandantes, entre los funcionarios, entre los pescadores y los mercaderes, en la sonrisa de un infante se ha asomado tu perfil, en la ruda faz del militar, en la esquiva presencia del delincuente y del terrorista, en el silencio de los desiertos tu boca ha exhalado aliento de azufre, tu voz parece torrente o susurro, tus palabras son el secreto último que nadie comprende.
Largo tu manto, arrastra tras de sí las minúsculas partículas de los cuartos oscuros, de los templos y los lupanares, de los recintos comerciales, los abismos burocráticos y los abiertos campos, tu mano deja un rastro sobre la concha de las paredes, rasga con sus uñas de diamante la piel de las ninfas y de los faunos, mientras los vientres ubérrimos procrean la generación siguiente que aún no te presiente.
He visto tu rostro, muerte, oculto en la mirada de una meretriz o de un borracho adormecido sobre la barra. He escuchado tu voz en el canto de los efebos que se lanzan sobre las carreteras de vértigo con la aureola de la luz de los faros en su frente. He visto tu sonrisa en algarabía de las vírgenes vestidas con flores y guirnaldas, en el secreto de los viejos que miran el horizonte y de los chacales escondidos en su cubil con las fauces ensangrentadas.
He visto el resplandor gris de tu frente bajo de un tocado púrpura de negaciones y vacíos. ¿De dónde provienes muerte, por qué te complaces en lanzarnos a los cuadrantes del olvido?
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