Son los mismos trapecistas
aquellos que armaron tu historia
con terrones de mito,
retazos de leyenda,
diciendo que tu cabello
se forjó con tierra de
algún planeta que brindó
sus mares calmos y castaños
no habiendo sinuosidad
mejor acabada que la
tersa geometría de tus muslos
tensados en el vaivén
vertiginoso del trapecio.
Nada sabías de relatos
en tu sublime preocupación
de sostenerle la mirada
a la muerte que siempre espera
el pequeño desliz del descuido.
Firme apenas con un
dejo de curvatura
como un junco acechado.
Serpiente feliz en el ágil
surco tenue por el líquido
azaroso del espacio.
En la exhalación del público
retumbando por las paredes
del templo iluminado
en brillo de espejos robados
a la acerada blancura del alba
se ha forjado tu orgullo
con aleación segura de espada.
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