


| Escritor: | karim_pereira |
| Públicado: | 05/07/2008 |
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En una húmeda cueva, apenas iluminada por el inquieto resplandor de las velas; sobre una roca plana y de superficie pulida, colocada sobre una piedra cuadrangular, se hallaba acostado el hombre, completamente desnudo, mirándola en silencio. Sus ojos le hacían llegar un mensaje que su mente razonadora no podía descifrar.
Descubrió su propia desnudez, pero no sintió pudor debido a la extraña sensación de ser acariciada por manos invisibles, recorriendo cada palmo de piel sensible, estimulando a la diosa-serpiente que comenzaba a despertar dentro de sí.
Enigmáticos cantos llenaban la atmósfera en semipenumbra de la cueva amplia y de paredes irregulares, de piedra toda, en cuyos rincones descubría estatuas de tamaño natural y cuya actitud de profunda meditación contradecía la posición que mostraban sus cuerpos, simulando el acto sempiterno del sexo: posiciones diferentes, distintas formas de penetración o la visión abierta de sus falos inhiestos; en todas, mientras una mano sostenía el cuerpo del amante, la otra describía, con sus dedos, símbolos del todo desconocidos. En contraposición, la expresión de los rostros siempre era la misma: no denotaban goce: era el rostro de quien está inmerso en las profundidades insondables del ser. Ella las contempló detenidamente sintiendo el poder sugestivo de aquellas figuras de piedra.
De alguna parte del escenario planteado para el ritual, hermosas mujeres, tan desnudas como ella, se acercaron a las estatuas danzando a su alrededor con una sensualidad que resonaba en un propio cuerpo, mientras entonaban cánticos misteriosos y mágicos. Paulatinamente fueron acercándose a ella, posando suavemente sus manos y sus bocas sobre su piel, sumergiéndola en la terrible vorágine en cuyo centro sólo veía al hombre, todavía contemplándola silenciosamente.
Gimió de ansias y de placer. Cortos e insatisfechos espasmos se apoderaron de su vagina, gracias a la intensidad de las sensaciones provocadas por esas manos y esas lenguas que recorrían su cuerpo entero y se recreaban, por corto lapso, en su centro creador, sin detener sus voces en canto.Entonces una poderosa luz se hizo en la estancia:una serpiente de formidables dimensiones se mostró ante ella, detrás de las mujeres, quienes, una vez culminado su trabajo, comenzaron a alejarse sin dejar de realizar su lenta y cargada danza. En la cara angulosa del reptil, ella encontró sus propias facciones, porque brotaba de sí misma, irradiada desde su vientre.
No era dueña de sí. Nada podía atemorizarla.
Ardiente, cada gemido que escapaba de su garganta era un pedazo de sí misma disuelto en partículas de fuego que iban en pos del hombre quien, aún mirándola, permanecía impasible en la cama de piedra cuadrangular.
Al fin la mano masculina se extendió hacia ella, llamándola en silencio.
Obedeció, plena en la necesidad de tocarlo, con una opresión tremenda en su pecho y con su vientre inflamado de deseo. Puso su mano trémula en la de él, enseguida cerrándose sobre sus dedos, transmitiéndole una presión firme, suave, cálida.
-Quiero amarte-dijo ella
-Ámame- respondió el hombre
Un calor extraño se apoderó entonces de su sangre. La diosa serpiente danzaba frente a ella, a su lado, lamiéndola con su lengua de fuego.
Sus propias manos recorrieron el cuerpo del hombre cuyo sexo respondía definitivamente a sus estímulos. Ella se regocijó en los besos que le dio, succionando suave y firmemente aquel hermoso objeto de su placer: cada beso, cada caricia de su lengua, cada abrazo que su boca proporcionaba en sus cadencioso introducir y sacar, cada caricia en el pecho, en las caderas, en los muslos, que sus manos se afanaban en dar al cuerpo del hombre mientras se gozaba en su placer oral, parecía reproducirse en su propio cuerpo, causando en ella el jadeo, suspiros, gemidos transidos de delirio. Quedó largo, larguísimo tiempo en el altar del sacrificio, amándolo con fruición, hasta que en mitad de la delicia, su mirada lo buscó. Encontró su reciprocidad, pero parecía estar desdoblado: ella percibió el silencio profundo de su meditación, mientras sus ojos la apuntaban con infinito amor.
De nuevo, las bellas mujeres se interpusieron entre ambos, siempre haciendo sus cánticos. La enorme serpiente brillaba su luz rojiza intensa sobre todos los presentes, la llama de las velas se habían elevado, la atmósfera era densa, brumosa, saturada de olores estimulantes a los sentidos.
Las mujeres, con sus movimientos serpentinos, con sus hermosos cuerpos desnudos, ocultaron al hombre de su vista. Supo con seguridad que lo acariciaban, pues sus manos y sus bocas en el cuerpo de aquel, se reproducían en el suyo con una fantástica nitidez. Luego de unos momentos, largos en su ansiedad, las mujeres se separaron y fueron a rendir tributo a la diosa-serpiente.
Cuando al fin se alejaron, dejando su cuerpo húmedo por el conjuro de sus lenguas, sedienta y casi fuera de sí, el escenario había cambiado: ahora él se hallaba sentado en medio de una flor de innumerables pétalos, alrededor de la cual había fruta y licor de vid, cántaros de agua, hierbas aromáticas.
Se miraron una vez más. Ella se sintió inexorablemente atraída al cuerpo del hombre. Se detuvo frente al rostro de aquel. Pero nada ocurrió. Ansiosa, se acercó aún más, de modo que el rostro masculino quedó enterrado en su viscosidad: entonces sintió su lengua, dedicada a la pequeña y orgullosa semilla que contenía. Las manos masculinas la sostuvieron en sus nalgas, mientras, incontenible, sus caderas iniciaron la cadenciosa danza.
Durante el tiempo que duró aquel magnífico ritual en que el hombre libaba su sexo, los cánticos del lugar se hicieron intensos. Ella no se daba cuenta: sus ojos, extraviados en el placer que sentía, estaban fijos sobre el rostro de la magnífica serpiente que los contemplaba desde su altura. Finalmente, sintió que no podía aguardar más.
Lentamente, se agachó sobre las caderas del hombre; descendió hasta sentir el glande en el umbral de su vagina: tras el largo gemido de inexorable goce, se detuvo un momento más: sentía la divina suavidad de su extremo más sensible, mientras lo miraba endemoniada por la ansiedad. Entonces lo hizo penetrar con un movimiento definitivo, estremeciéndose, al punto de sentir que desmayaría.
Él la sostuvo por la cintura y las caderas, mientras ella iniciaba movimientos rítmicos y lentos, deleitándose en la erección que la penetraba, llenándola por completo. Su piel estaba erizada, su pezones endurecidos e inhiestos, mientras poco a poco, a medida que recrudecía el ansia, sus movimientos se hicieron más acelerados, presa de la furia que el placer de sentirlo adentro le provocaba, desplazando al fin la razón.
Y lenguas de fuego crecieron alrededor de los amantes, la serpiente ahora brillaba el blanco más puro del fuego y los cánticos se hicieron mucho más fuertes y acelerados.
Fuego.
El fuego venía de ella.
Lo miró buscando en él correspondencia. Pero estaba lejos. La revelación causó, si cabe, mayor desesperación, pues se sintió sola en su espíritu afiebrado: él continuaba dueño de sí, en contradicción con ella, enloquecida por el delirio, deseando alcanzar junto a él la cumbre más alta del deseo. Él se mantenía impasible a su furia.
Negada a aceptar lo que miraba, se abrazó a su cuerpo, moviéndose con fuerza y rapidez al ritmo que le exigía su cuerpo sediento. Su rostro estaba transfigurado mientras sentía la firmeza de las manos masculinas al sostenerla y su divino sexo en definitiva contradicción con la actitud del amante.
Cerró los ojos sintiendo la inminencia de su orgasmo, entreabriendo la boca para aspirar profundamente, presa absoluta de la desesperación: quería llegar junto a él, sentir las contracciones violentas de su interior. Quería sentirlo pulsando con fuerza en su vientre. Pero ahora, en ese último instante, inexorable, supo que estaría sola, que nunca podría sellar el amor.
Abrió los ojos justo en el momento en que su orgasmo estallaba como una corriente que se iniciaba desde su clítoris y recorría por completo su vagina en una sola contracción suspensa y sin culminación, se elevaba hacia su pecho, invadía sus piernas y sus brazos, llegaba a su garganta y escapaba, finalmente, convertido en un sonido extraño y gutural.
La serpiente había estallado en miríadas de partículas luminosas que chocaron contra todas las cosas del lugar, y una nota sostenida en las voces que entonaban los cantos se mantuvo por todo el tiempo que duró la consumación de la mujer. Después se hizo la oscuridad y el silencio.
Buscó los ojos del amante, aún en su estado de meditación, aún inhiesto y magnífico, declarando su poder sobre la debilidad femenina. Quiso maldecirlo por haberla abandonado, pero el mismo amor que se había apoderado de todo su ser lo impidió.
De pronto, de la coronilla del hombre una luz intensa, muy blanca, emergió, irradiándose a su alrededor, penetrándola por completo a través de la piel. Y encontró la figura de otro hombre, a espaldas de él y una criatura espantosa, vencida, a sus pies.
-Has hecho lo que tenías que hacer- dijo el hombre, vestido con inmaculada túnica blanca- Tenías que morir por él. Era tu sacrificio de amor.
(CONTINUARÁ... TAL VEZ)
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