Había una vez un cuento de hadas...

 

 

Había una vez un cuento de hadas…

 

Lágrimas de cristal cayendo de manera injusta de los ojos de alguien que alguna vez había sido una princesa.

En aquella lejana tierra lo había tenido todo, pero su príncipe de una extraña manera había dejado el palacio real ¿Acaso todas sus tiaras de oro podrían olvidar aquel amor?

Pasaba horas en la torre, mirando hacia el horizonte, esperando que regresara, aquel era el cuento que alguna vez le habían contado; él volvería en un caballo blanco, porque una princesa es parte de una historia de hadas en donde todo es color de rosas y todo tiene un final feliz.

Si no regresaba todas los cuentos cambiarían y la ingenuidad terminaría por romperse de la manera más cruel posible, y la bruja ganaría y el mal reinaría por siempre. Si su príncipe no llegaba a sus brazo por la noche, como un hada le había contado, todo se obscurecería, de rosa obscuro, al gris, al negro, a la falta total de luz, y el amor desaparecería y los cuentos ya no tendría un final feliz, nunca jamás.

Conservaba entre sus brazos la capa azul de su amado, había quedado sobre el césped del jardín, era lo único que quedaba de aquel amor. Y otra lágrima se escapaba de sus cristalinos ojos, cayendo sin permiso y pasando por su delicada y perfecta piel de porcelana para caer sobre la tierra; dicen que cuando esa gota de agua tocó el césped del  jardín real, todo se marchitó… Ella se quitó los zapatos de cristal y caminó hacia adelante, con la mirada perdida, y luego de algunos pasos más, dejó caer la capa azul que el viento se encargó de llevar lo más lejos posible.

¿Por qué había huído su príncipe? ¿Por qué sus familias no lograron entenderse? ¿Acaso había caído bajo un fuerte hechizo y se había enamorado de otra bella doncella? ¿Todo aquello era una utopía y el príncipe se dio cuenta y huyó mientras pudo? ¿Era ella una ingenua por creer que aquel amor era el verdadero y único para toda la vida? ¿Si regresa el príncipe, volverá la magia? ¿Volverán los cuentos de hadas?

Desde aquella vez, todo cambió, ya no todos comían perdices, ya nada fue igual: un corazón roto, una lágrima de cristal, una princesa en una torre, muchas tiaras de oro sin valor, y un príncipe sin su capa.

 

VALERIA CARINA

 

 

 

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