Lamiendo su cuerpo desde un agitado vientre zigzagueante hasta unos ansiosos labios húmedos, la señora alborotaba las sabanas como si estas le impidieran disfrutar a plenitud.
Me ordenaba acciones bruscas sabiendo que la lentitud y delicadeza eran la causa de su excitación. Nuestros cabellos se mezclaban al ritmo del baile corporal: el suyo negro y plateado; el mío negro azabache.
¿Cómo termine allí? Luego de haberla visto como un monumento de respeto y admiración, de obediencia y consideración, ahora la dominaba como a lápices que copiaban sus lecciones. La historia de la pasión generacional, del deseo por lo prohibido y de la lujuria que nace a partir del pensamiento subversivo.
Gritó de nuevo, pero un grito suave y susurrante. Un grito no, una canción de victoria sobre los principios éticos que la apartaban de mis brazos y de mi cuerpo. Una melodía alegre y revitalizarte que embriagaba la oscura y pequeña habitación.
La séptima lección de filosofía; la primera de ética y la última de respeto.
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