


| Escritor: | avesolitaria |
| Públicado: | 01/11/2008 |
Caminaba un día entre abismos y espejismos.
Vi una inteligencia y salí tras de ella.
Un resplandor, a mi paso, me cegó.
Quedé
enredada de inmediato en una espesa hojarasca muy lejana, colgada de
lianas que, en su eterno balanceo, en un repetitivo vaivén de bumerang,
dejaba perder por el camino rayos lumínicos que me arrancaban de la
memoria los registros primigenios, que en mi corazón había guardado,
sobre esa inteligencia que me atrajo un día y decidí seguir, sin saber
hacia dónde me llevaría.
Entre unos quelíceros me ví atrapada.
Sentí dolor, que no supe comprender, donde antes había sentido amor.
Maldije al cielo y a la tierra por haberme mostrado a esa inteligencia.
Y olvidé que una vez me cautivó.
Continué
andando por un camino pedregoso lleno de obstáculos y tropiezos que me
hacían caer, herirme, dolerme, hasta creerme morir.
De repente llegó un momento en que todo estaba muy oscuro y dejé de ver a la inteligencia y no pude seguirla más.
Se
allanó el camino, ví unas vereditas adyacentes con florecillas y decidí
seguir por una de ellas... Respiré aliviada, el terreno era liso y llano, pero pronto
dejé de ver florecillas y se me antojó un camino muy monótono.
Había un paraje que invitaba al descanso y a la reflexión.
Allí me acurruqué conmigo misma por un espacio de tiempo, a esperar...
Entonces
volví a divisar un rayito de la inteligencia a la que seguía y quise ir
otra vez tras de ella y emprendí un nuevo camino.
Esta vez el
terreno era mucho más duro, mucho más pedregoso; un terreno escarpado y
ascendente para el que yo no estaba preparada.
Cada vez que lograba avanzar un trecho, me caía y volvía a retroceder.
Me herí nuevamente y se abrieron viejas cicatrices.
Sentí un tremendo dolor.
Me revelé y ataqué ferozmente a la inteligencia, culpándola de mi dolor.
La
inteligencia se revolvió contra mí y nos enzarzamos en una cruel y
despiadada lucha de poder hasta hacernos sangrar profusamente.
Maltraté a la inteligencia, la vapuleé, la maldije y abominé de ella.
Los dos yacíamos inertes sobre el escarpado terreno condoliéndonos.
Entonces
la inteligencia dejó sus armas y se acercó unos pasos hacia mí y me
mostró su rostro, su verdadero rostro, que había quedado oculto bajo la
armadura de guerra.
En ese momento recordé, y comprendí por qué la había seguido cuando la vi por vez primera.
La inteligencia me tendió su mano, lejana, invisible, fría, sin tacto..., pero firme y segura, y me invitó a seguirla de nuevo.
Volví
a emprender el camino que me lleva en pos de ella, un camino difícil,
largo, extremadamente largo, eterno..., pero ahora ese camino se ha
tornado placentero y más seguro porque la inteligencia no me deja que
me suelte de su mano y ahora conozco su rostro, el que se oculta bajo
la armadura de acero.
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