El tiempo es un enemigo hipócrita y caprichoso. Nos enreda en su maraña de influencias y confluencias para amargarnos la vida sin disfrutarla. Nos encamina a un lóbrega y funesto determinismo mortal. Es el enemigo con quien luchamos todos los días y que vencemos solo temporalmente (¡rayos! Hasta para explicarlo hay que nombrarlo) hasta que nos enfrente en la próxima batalla que no tarda en aparecer.
Pero lo triste es que de igual manera nos derrota, nos aniquila y a todos nos asesina. Vivimos luchando contra un enemigo invencible que solo nos concede pequeños armisticios para fortalecer nuestra creencia en la victoria. Morimos, algún día, algún momento; pero lo hacemos: morimos.
Pero, es contradictorio cuando nuestro enemigo nos ayuda.
Es emotivo cuando cede en sus ansias destructoras y nos regala momentos de tierna vida.
En las rodillas de Bolívar, en la pétrea figura de su pierna, el tiempo me concedió tregua.
Un domingo asolado por la tensión política de unas elecciones nacionales (cosa no muy rara en mi país; lo primero y lo segundo)
Un día especial. Donde las luces y los colores se confundieron en una mezcla que jugaba a ser un sueño. Un día como una noche brillante, una noche como de magna luna.
¿De donde salio ese lugar misterioso? Encerrado en mitad de la portentosa ciudad, plagada de gigantescos dioses de hormigón y mármol que infunden monotonía a sus esclavos vivientes.
Un paisaje mitológico. Un parque victoriano abandonado y semidestruido: en ruinas. Lámparas góticas, ladrillos y mármol, grandes samanes y altos cedros antiguos.
Y allí, al final de aquel pasillo de sueños abandonado en la orilla de la realidad. Bolívar petrificado nos invitaba a sentarnos a su lado.
La soledad más profunda que he experimentado; la compañía mas intensa que me ha cambiado.
En las rodillas de Bolívar se sentó a mi lado. En las rodillas de Bolívar acarició mi rostro y yo navegué entre sus largas suaves piernas que me ofrecían refugio de aquel castillo encantado.
En el mármol negro de la rodilla de Bolívar, mis labios acariciaron los suyos y mi alma bailó en su espíritu.
Me enamoró en una eternidad superflua, en un momento glorioso de embrujo.
- ¡Te amo! Me dijo.
Yo nada le comenté, pues mi mirada se perdía en el horizonte celeste que se derramaban de sus ojos.
El tiempo me dio tregua.
El día se detuvo.
El andar del reloj dio paso a la grácil risa de una mujer encantadora.
En las rodillas de Bolívar, mi alma se detuvo para entender el propósito de aquel enemigo caprichoso.
En las rodillas de Bolívar; en la orilla de mis sueños. . . . en la inmensidad de nuestras almas.
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