El negro

Categoría(s): cuento

EL NEGRO

 

Llevaba  varios días en el que el Sol salía apenas y las lluvias eran interminables, aún así, el calor era sofocante., se podía ver un sendero cubierto por las cortaderas y otras plantas que animados por el generoso clima se mostraban muy frescas, al final el río blanco, sus aguas fluían lenta y sosa, con algunos pequeños remolinos que interrumpían su tranquilidad, eran las aguas que lamían las orillas de Curinga, lejano pueblo enclavado en lo mas profundo de la selva de Iquitos.

En temporadas como esta, las calles estaban húmedas, cubierta de barro fresco como jabón acuoso, caminar era una divertida aventura, y  para mí, además, disfrutar bajo la lluvia.

Era esos momentos en que podías deleitarte de la vida sintiendo la tupida gota con sol o sin sol, yo correteaba mientras el “negro”, mi perro de color tinto, me perseguía, con sus ladridos me comunicaba que estaba a punto de atraparme, su pelo mojado, pegado a su cuerpo, dejaba ver su delgadez y varias costillas, solo esa postura elegante, desafiante y firme, con el hocico hacia arriba, lograba llamar la atención a cualquier distraído, infundiendo temor y respeto.

Jugábamos a la chapada yo corría, los dedos de mis pies hincaban el barro como garras aunque veces me resbalaba y ya era una pista de patinaje y, en una de esas tantas ocasiones, sucedió un hecho inesperado y fue cuando al realizar una pirueta perdí estabilidad y caí  rodando algunos metros mientras el negro me dio un mordisco en la oreja para luego alejarse ladrando, era el momento para que le persiguiera y así fue., inicie la persecución, la lluvia continuaba, pero, sentí algo que me hizo llevar la mano a la oreja, al mirar, en  mi mano había sangre, hurgue nuevamente y el pabellón de la oreja estaba partido en dos, no me dolía sin embargo me asuste y corrí desesperado a esconderme debajo de la cama, siempre lo hacia cuando me sentía en peligro.

Al rato, escuche murmullos, Martha mi hermana mayor había seguido las huellas de sangre, fue fácil ubicarme,. El negro pago las consecuencias., Papa y mama, en un dilema breve lo condenaron al “exilio”.

Coincidiendo con la llegada de mi tío Julio quien se encontraba de cacería río arriba fue dado en obsequio sin siquiera consultarme  puesto que yo era el dueño.

Dos días después fui a su despedida, fue informal, sentado en una pequeña loma junto a la orilla del río, lo vi partir, ladraba con pena, iba en la proa levantando el hocico ladeo su cabeza por donde yo estaba aulló largo y quedo, movió la cola y por primera vez lo vi  inclinar su cabeza mirando al piso.

El negro, era mi perro, no recuerdo como  llego, era delgado y mediano, de hocico puntiagudo y cuando elevaba la cabeza le daba un aire de omnipotencia, muy de mañana, por que las mañanas en la selva empiezan a las 5, me dirigía a comprar el pan donde mi prima Nati, en otras donde mi tía rosita que era la que preparaba los mas ricos panes y biscochuelos del pueblo, junto a mi iba el, el bacán de todos los perros, valiente, juguetón y amiguero.

Siempre me acompañaba a la escuela, a veces se recostaba junto a la puerta de entrada o husmeando en derredor o jugando con otros perritos, a la hora de salida saltaba y ladraba, ambos corríamos jugando a la chapada, cuando por alguna razón salía en las noches por algún encargo de mis padres el era mi compañía, sentía un poco de miedo a los “tunches” o a los “llullachaquis” (fantasmas), en  noches despejadas solía contar las estrellas hurgaba palmo a palmo la inmensidad del cielo nada es mas hermoso que una noche estrellada era como hacer un viaje imaginario y poder tocar uno a uno esas cosas oscilantes y brillosos.

Ahora, todo esta triste, cuando lo llamo ya no viene, a veces creo verlo venir, saltando jugueteando, haciendo piruetas en el aire, puedo ver sus ojos brillantes de alegría y luego se va, yo lo persigo y cuando estoy a punto de atraparlo desaparece entonces vuelvo a la realidad siento una profunda tristeza y me digo, el negro ya no esta mas se fue para siempre.

Habían pasado cerca de seis meses, estaba sentado en una loma a la orilla, viendo como bajaban los peces en las aguas transparente, todo estaba tranquilo el sol de la mañana se elevaba imponente en el firmamento, las mariposas alborotaban por los alrededores, de pronto, a lo lejos vi aparecer una canoa estaba de bajada era solo un punto en movimiento y a medida que se acercaba iba tomando forma y allí estaba el, sentado en la proa, elegante, presumido, altivo con el hocico hacia arriba, el corazón se me quería salir, sentí una enorme alegría y lo llame a todo pulmón, el ladeo la cabeza, lanzo un agudo aullido, se paro, meneo la cola y se lanzo al río, nado con tal destreza que en pocos minutos llego a mi lado, ladro, meneo la cola y emprendió la huida y yo por su tras tratando de atraparle, finalmente ya cansados, nos sentamos y pude ver su fornido cuerpo con heridas aun frescas, algunas de ellas recientemente cicratizadas y el los lamía mientras me miraba de reojo, sumiso, quizá  para reclamarme el haberle abandonado o mostrarme su valentía, yo elegí el segundo porque el primero me dolía mucho.

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