Llego del destierro, del país de las orquídeas de azufre, de los sueños de arena,
llego de la sombra del paquidermo, de los secretos de los abismos y las planicies quebradas por el insulto del huracán y de los ríos de hielo.
Entro a la ciudad por el norte, por donde se han introducido las nubes y los vampiros del silencio, algunos pájaros han levantado el vuelo con su mirada de uranio al verme llegar con mi mochila al hombro.
Puedo ver los árboles de la infancia, las flechas, los corazones y los nombres de quienes ya no están grabados con estiletes de silicio.
El mismo declive hacia la llanura desde la carretera, desde las cabañas de los ermitaños y los espectros de cobre que observan el entorno desde el fondo de las grutas y las criptas.
Alguien camina a lo lejos, como si se acercara a los laberintos del día,que crece como un ánfora de arcilla en las manos del alfarero.
Veo los tejados de las casas, asciende el humo de las chimeneas
las ventanas abiertas son ojos atentos a los caminos
Pero cuando entro a la calle principal, el viento arrastra hierbajos y papeles
Las puertas se mecen
Los anuncios de neón yacen sobre los pórticos o en el borde de las calles
Miro tras de mí y puedo ver las huellas de mis pasos que siguen la dirección contraria,
La ciudad en realidad es un espejo y yo no llego si no que me marcho.
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