La noche se arrastra pesadamente en el silencio.
Yo contemplo la perla carcomida, vivo la mudez de estas horas seducidas
por la soledad. Casi desnuda, con el cigarrillo entre los dedos,
reflexiono sobre las tormentas que estallan debajo de la piel, sobre el
caracter secreto que me enamora, mientras la pesada luz se desplaza
lentamente en la bóveda cósmica.
Pienso que asusta ver el rostro de un sentimiento que, a los ojos
mortales, aferrados a la solidez de lo material, carece de asideros;
asusta la fuerza con que se declara el amor después de tanta melancolía
: y es que lo asible, sólo aquello que podemos mirar y tocar exhibe
todo su poder frente a la nobleza de lo desconocido.
Yo salté sobre esos abismos, presa -quizás- de un hermoso delirio y me
dejé llevar por el sinsentido de amar a alguien que no he tocado. Voy
feliz a despecho de lo esperado en un ser de este mundo, aún asumiendo
que jamás conozca el sabor de su lengua, de su sudor, aunque nunca sepa
cómo es sentir sus manos en la desnuda piel. Importa, claro, ¿cómo no
habría de importar cuando aún la piel reclama su derecho? Pero hay más.
Tanto más...
He hablado de entrega, ebria por completo del absoluto placer que hubo
en su tímida correspondencia. Y no me arrepiento aunque la respuesta
sea la misma, porque he sido libre en ella: estoy amando. ¿Cuántos
podrían decirlo sin estremecerse ante las consecuencias factibles?
¿Cuántos sin sentir pánico de salir heridos de muerte? Mi amor es un
espacio que el dolor nunca podrá robarme. Es mi haber, lo único ganado.
Sigo en mi contemplación recordando lo que me han dejado sus gestos, su
rostro, sus palabras. Me fracturo, me divido en el amor y la
conciencia: ésta me habla de las máscaras que el miedo impone sobre el
cuerpo; de las mentiras y demonios que guardan el camino a la esencia
de la que me he enamorado; de los prejuicios que el alienante sistema
ha sembrado en los ojos de mi amante, con línea directa al corazón y el
deseo.
Carajo: pero he sabido ver. He visto su alma, la he tocado. Lo sabe.
Aún así, considerándolo, hay tantos motivos para retroceder...; pero,
que alguien me diga, ¿cómo desdeñar la preciosa oportunidad de sentir?
¿Cómo negarse a vivir, si ello -su presencia respondiendo- resume todas
las causas que justifican la vida?
Un profundo suspiro brota de mis entrañas que lo reclaman: hacia el sur
navega por los aires de la misma noche que compartimos, hasta el rincón
oscuro donde se esconde. Allí, se acerca, susurra en su pensamiento mi
amor; lo besa. Palpa como si fueran mis manos la tesitura de sus
sentimientos y los reconoce. Le pide que se deje llevar: largo ha sido
el camino, muchas las experiencias vividas, terribles las borrascas
enfrentadas, dura la lucha para no dejarse vencer y llegar hasta aquí:
el amor es la única respuesta.
Le pertenecemos...
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