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DIOS, LO SABE.
Sabes, me gusta mirar esa línea siempre perfecta a mis ojos,
de ese plato azul e inmenso para mojarme de su salobre los pies desnudos.
Cierto soy isleño, que también fui niño no hay dudas,
de ahí nace esa pelota grande y roja como yema de huevo
declinando su poder en la boca del horizonte,
cada tarde de mis antojos.
Antojos nunca satisfechos en mis días cabrioleros,
días que me sumergen en el primer aguacero de Abril,
con la suave caricia de sus gotas amansando el fogaje de mis ansias,
ansias que montan el caballo loco del joven que llevo dentro,
tan dentro que mi cabeza voltea cuando una ráfaga de brisa
aletea por salir con su presa de muslos y suave piel descubierta
en el sonrojo de una dama que presurosa y divina
acierta un pliegue mientras otro se desbanda.
Cierto me gusta llenarme de esa naturaleza de Dios,
que no tenía cauce, es verdad, pero aprendí a mirar el viento,
a tocar las flores con los labios, a soltar un ruiseñor en tus oídos
cuando pinto la canción de tus deseos.
Me hago fuerte en estas cosas, me hago hombre por las tuyas.
Me siento niño cuando en ti confío, cuando confío en mis sueños.
Soy prisionero si no puedo abastecerme de esas cosas,
si no puedo soltar mi mano dentro de la tuya
como paloma inquieta hasta quedar dormida por el calor de tu bondad.
Soy como el diamante contenido en la vulgar roca,
si no puedo acudir al reclamo de tu espíritu,
si no puedo bendecir cada amanecer atisbando en la ventana de mi cuarto,
si no puedo con mis manos sobre el pecho agradecer al Universo
la dicha de haberte conocido, de abrir mis ojos cada mañana
y cerrarlos con una oración en la cama.
Que sería de mi, si mi hijo me negara un beso,
si el último capullo de mi sangre no durmiera en mi regazo.
Que sería de mi, si Cristo no hubiera existido.
CaribeOro
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