De la mata de tu pelo negro como la noche, que orgullosa
de su belleza acariciaba egoísta la tímida desnudez
de tu espalda, hoy, solo queda un manojo de pelo
cubierto de moho, derramado sobre unos cuantos huesos
casi destruidos por la carcoma Y la humedad del viento
que sopla a duras penas sobre el rostro ensombrecido de la soledad.
Postrado de rodillas junto a tu nombre grabado
en una lapida de mármol blanco, donde una lágrima
momificada cobra vida en tus ojos vacíos de luz, el recuerdo
doloroso del ultimo beso que nunca te di, navega contra corriente
por los caminos del agua, con la esperanza de encontrarte
entre la espuma del mar.
Casi borrada por el paso del tiempo, la magia de tu sonrisa
me contagia cada mañana con la fuerza de tu espíritu de libertad
y me trae a la memoria, aquellos años, donde la escasez
y el duro trabajo en el campo para sacar adelante los hijos
que te dejo tu segunda viudedad, cada noche se sentaba
en tu mesa, para cenar contigo café negro y sardinas arenques.
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