Alondra, en los páramos de mi alma
congelada está tu imagen.

Alondra, de lo dicho y lo hecho
me arrepiento.

Aquello que te ofendió
en mi alma cristalizó
y desde entonces
gélidos vientos la estremecen.

¿Dónde he de encontrar la ternura de los brazos 
que con amor me estrechaban?

¿Dónde he de encontrar 
la suave caricia de tu mirada? 

¿Dónde han de descansar 
mis descarnados huesos?

Cuando nadie diga ya mi nombre,
porque olvidado estaré al no tener 
fruto de nuestro amor,
serás tú...

Serás tú, Alondra, 
quien susurre el olvidado nombre.

A ese conjuro responderé
porque mañana todavía te amaré.