Ayer pasé por tu calle. No estabas. Lo supe por las miradas triste que me echaron las bromelias secas, colgando de tu ventana, olvidadas en sus macetas. Feo me vieron como putas ancestrales. Ayer pasé por tu pueblo. No estabas. Lo supe porque el río no cantaba, sólo un hilo de agua corría moribundo entre las piedras, haciendo un barullo lejano a ser canto; parecido a una queja. Ayer pasé por tu vida. La conseguí aburrida, mirando por la ventana, envejecida, detrás de las bromelias , con la mirada trasnochada. Ayer pasé por tu tiempo. ¡Pobre, lo hallé muerto! Una lápida fría corona la que es su morada. Un epitafio triste, de pocas líneas, resume lo que creí como su vida. No se si llamarle tributo o gabela. ¡Pobre tipo! Senti mucha lástima. Ayer pasé por tu mundo, Tú no estabas, ni tu risa, ni siquiera tu llanto, todo me pareció absurdo, inmundo no vi el retrato de sonrisa nacarada. No existía de ti ni el maldito espanto, ni un mísero vestigio de lo que ayer veía. Ayer pasé por tu casa y no estabas. Sentí como si nunca hubiera pasado. Mire, y vi, como si nunca antes hubiera mirado. Sólo el viejo diario, con las hojas abiertas, blancas, vacías; y después de un largo bostezo, fue sincero y me reveló lo verdadero: Tú no existías