Fenecía el día en el occidente,
sin exhalar tan siquiera un gemido,
y en su agonía silenciosa,
dejaba en las alturas un estertor escarlata,
maculado tan sólo
por nubecillas plomizas,
que le daban un toque irreal a la escena.
La suave brisa movía el gamelotal en la lontananza
y los pajarillos de oscuro plumaje
de espiga en espiga,
comiendo semillas,
aprovechando los últimos rayos
de un ámbar dorado
del cansado sol que languidece,
dejando asustado el camino libre
a la noche terrible
que me atrapa y me ahoga.
Una bandada de loros
con su algarabía,
rompió el silencio
surcando los cielos en su tosco volar.
Un pato de monte
de verde plumaje
se dirige al sur en rápido vuelo,
quizás retrasado para ir al hogar.
El día apresurado,
fallece cansado
y en el horizonte, agorera,
se asoma la noche
agazapada
cargada de añoranzas
y de miedos.
Moría el día
dejando empalagados a los hombres
en su pegajoso humor,
la fresca nocturna llegó tímidamente
y el agobiante calor de la tarde
se diluyó lentamente,
el reino de las tinieblas se encargó
apoderándose el miedo de los presentes,
el estertor escarlata,
oscuro tornó,
anochecía en Anaco.
|
Imprimir |
Enviar poema |
